Proceso de canonización (Actualidad)

julio 29, 2007

Padre Angel Strada

Preguntas al postulador de la causa de canonización,

Padre Ángel L. Strada:

SCHÖNSTATT. Muchas personas dentro y fuera del Movimiento de Schoenstatt siguen con gran interés el desarrollo del proceso de canonización del Padre Kentenich. El postulador, P. Ángel L. Strada, dijo en febrero de este año que el proceso había progresado mucho. En una entrevista de la agencia de noticias Zenit manifestó la esperanza de que pronto podría cerrarse la etapa diocesana en Tréveris, con lo cual el proceso pasaría a Roma.

¿Hay algo nuevo en el proceso de canonización del Padre Kentenich? La respuesta: Sí.

P. Ángel Strada: En los últimos meses la comisión de historia del proceso prosiguió con el trabajo de recopilación y evaluación de varios miles de escritos y documentos del y sobre el Padre Kentenich. En las semanas pasadas ha terminado su tarea, con lo cual se ha dado un paso importante. También se siguió trabajando en la documentación sobre la fama de santidad.

 ¿Qué falta todavía para cerrar la etapa diocesana del proceso?

P. Ángel Strada: Falta cumplir con algunos requisitos canónicos: el así llamado “decreto de no-culto”, el cual testifica que al Siervo de Dios no se tributa ningún culto litúrgico no permitido, es decir, que no se le rinde ningún tipo de veneración que sólo le correspondería a un beato o a un santo. Además, todavía falta la preparación técnica de las actas y de toda la documentación (numeración de las páginas, fotocopias, legalización…). Esto va a llevar algo de tiempo.

Para la beatificación es indispensable un milagro, es decir, la curación científicamente inexplicable de un enfermo. Por lo tanto, no se debe olvidar la oración pidiendo un milagro.

 

Artículo publicado el 5 de julio de 2007 en http://www.schoenstatt.de

 

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Carta de Alianza Julio 2007

julio 19, 2007

Boletín del Movimiento de Schoenstatt                                                                                            Argentina – 16 de julio de 2007 – Carta de Alianza

El día 8 de julio recordamos los 97 años de la ordenación sacerdotal del Padre Kentenich. En un tiempo donde el sacerdocio tuvo los acentos más diversos y las crisis más profundas, él vivió y propuso un sacerdocio de rasgos profundamente paternales. Así lo experimentaron las miles de personas que lo conocieron, trataron y recibieron el don de su hacer sacerdotal. Quisiera, con motivo de la fecha citada, compartir dos acentos formulados por el Padre respecto a su sentir y vivir el sacerdocio y una experiencia personal con él.  Lo primero es lo que el Padre manifestó a los jóvenes del seminario de los Padres Pallottinos, cuando él asumió el cargo de director espiritual del mismo en 1912. En su primera comunicación con el grupo, de por sí bastante revoltoso, les dijo algo que sorprende por dos motivos al menos: porque es inusitadamente cercano en lo que dice a los jóvenes, y, segundo, porque pone a disposición de ellos su calidez afectiva. Lo dice así: (Estoy) “…firmemente decidido a cumplir del modo más perfecto, mis deberes para con todos y cada uno de ustedes. Me pongo, por lo tanto, enteramente a su disposición, con todo lo que soy y tengo; con mi saber y mi ignorancia, con mi poder y mi impotencia, pero, por sobre todo, les pertenece mi corazón”.  Vemos cómo ya desde el inicio de su vida sacerdotal, el Padre Fundador tenía claro que su servicio a los demás pasaba por el corazón. Tenía la convicción de que no se puede educar, ni ayudar a alguien a educarse si no se le ama. Se trata de un servicio que no pasa en primer lugar por la inteligencia y la voluntad, sino por el compromiso afectivo, por el corazón. Es este profundo convencimiento el que le llevará más tarde a formular su definición de educador: “Educar es el servicio abnegado, desinteresado y apasionado a la vida y originalidad del educando”. No hay educación sin amor, porque el amor es lo único que produce apertura en los otros y les abre a los ideales y valores de la vida. Sin lugar había tomado absolutamente en serio las palabras de Jesús: “Donde está tu tesoro estará tu corazón”.  Esta actitud de alma lo llevará –segundo acento– también a simbolizar su vivir sacerdotal en la imagen evangélica del Buen Pastor. Cuántas veces repetirá en su vida las palabras de Jesús:el Buen Pastor conoce a sus ovejas y las ovejas lo conocen a él”. El trato personal, original, con cada persona es esencial a la acción del sacerdote-padre y educador, por ello cita nuevamente el texto del Evangelio de Juan (cap. 10): “El Buen Pastor llama a las ovejas por su nombre…y las ovejas lo siguen porque conocen su voz. A un extraño no lo seguirían…”. Es así como el Padre concebía su relación sacerdotal con los que se confiaban a él: como un conocimiento mutuo. Nadie abre su alma a otro si se experimenta extraño, esto es no respetado, no amado. Por eso, hay que llamarlas por el nombre, esto es por su originalidad, a fin de servir la vida concreta del que viene a buscar orientación y guía. Pero no sólo el pastor ha de conocer a las ovejas, las ovejas han de conocer al pastor. Si éste fuera inaccesible, ellas no lo conocerían, o en todo caso no habría una relación de confianza y acogida de lo que brota del corazón y los labios del educador, en este caso sacerdote-padre. Es así como señala tres características del sacerdote para con aquellos que se confían y confían en él: ocuparse de los suyos, como el Buen Pastor; cuidar de los suyos, como el Buen Pastor; cultivar la fidelidad del Buen Pastor para con los suyos. Si observamos la vida del Padre Kentenich veremos cómo vivió intensamente este trípode de su ser sacerdotal. Es muy revelador lo que, en el campo de concentración, ora a la Virgen pensando en los suyos: “…mira a los míos, a quienes te encomiendo. Cuando debo verlos librar solitarios el combate, sólo confiado en ti puedo continuar el camino”.  Cuando estuve por última vez con el Padre, pocos días antes de su muerte, él salía de la casa de formación de las Hermanas, en el Monte Schoenstatt, hacia el jardín. Un grupo de jóvenes lo vimos y corrimos hacia él. Nos atendió con alegría y serenidad, se notaba que no estaba bien de salud. Tras oírnos unos minutos nos dijo con enorme sencillez: Ahora los dejo, porque voy a rezar el rosario por la conversión de los pecadores”. ¿Qué me conmovió de estas palabras, dichas en agosto de 1968? Que me hicieron recordar otras dichas por él 56 años antes, cuando explicó a los seminaristas por qué no le había sido fácil aceptar el cargo de director espiritual de ellos: “…para poder dedicar todo mi tiempo libre y mis fuerzas a los laicos, especialmente a la conversión de los viejos y empedernidos pecadores. Quería dar caza a los llamados ‘corderos pascuales’ y mi mayor alegría de sacerdote la sentía cuando venía uno de ellos agobiado por el peso de una vieja carga…de modo que el confesionario llegaba a crujir”. ¿Qué es lo que me tocó el alma? La constatación de cómo mantuvo el anhelo de ser manifestación del amor misericordioso de Dios desde la ordenación hasta el final de su vida. Este es el Dios que anunció y que propuso como la imagen de y para los tiempos más nuevos”, la misión de la Iglesia de las nuevas playas”. Que este 18 de julio, al renovar la alianza, podamos seguir diciendo a nuestro Padre y Fundador: Padre, nuestro corazón en tu corazón, nuestro pensamiento en tu pensamiento, nuestra mano en tu mano, tu misión nuestra misión”.  P. Alberto E. Eronti 

 


Carta de Alianza junio 2007

julio 2, 2007

Hace unos días la región de Buenos Aires y el gran Buenos Aires se vio sumida en una densa niebla que duró casi una semana. Las consecuencias fueron graves: caos en los aeropuertos dejando varados a miles de viajeros; choques y heridos en varios caminos y autopistas; por la oscuridad y el frío aumentó el consumo eléctrico lo cual llevó a la saturación y a reiterados apagones de luz en muchos barrios. Demás está decir que el humor popular estaba por el piso y la gente decía entre enojada y resignada “¡todo por la niebla!”.Ayer a la noche participé de una reunión de la Obra Familiar y un matrimonio contó la hermosa experiencia vivida en Aparecida, Brasil. Fueron en peregrinación con un grupo de argentinos para participar en el encuentro con el Papa Benedicto XVI y en la apertura de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Contaron del fervor y la alegría vivida en esos días; testimoniaron de la fe viva de la iglesia reunida en ese santuario mariano. Nos trasmitieron el ardor de los discípulos de Cristo y la fuerza de los que no pueden callar lo que han visto y oído. Fue un verdadero testimonio de fe y vida. Pero al final hicieron una simple pregunta, que penetró en el corazón de los que los escuchábamos como una fina aguja: “¿por qué al llegar aquí todo pareció apagarse?”. Se hizo un silencio y un hombre respondió muy elocuentemente: “¡Es también por la niebla, pero de nuestra alma!”.Qué acertado el término “la niebla del alma” para expresar ese estado de tibieza espiritual y relativismo existencial en que caen, o caemos, muchos católicos. Qué diferente la actitud del alma de María, despierta y dispuesta al querer de Dios y a las necesidades del hombre. En la misa final de la V Conferencia en Aparecida, el cardenal Francisco Javier Errázuriz, presidente del CELAM, decía algo al respecto: “Bastó una insinuación del Ángel Gabriel, y ella se puso en camino, presurosa, hacia el hogar de su prima Isabel. Prefirió no quedarse en casa, adorando a Jesús recién concebido en su seno. Es claro, nunca tuvo la tentación de separar el amor a Dios del amor al prójimo. A ambos amores, entrelazados en su alma, se dedicaba con todo el corazón, con toda el alma y con todas sus fuerzas. Tampoco la detuvieron los peligros del camino. María, llena de valor, si bien muy joven, partió con el Niño. Como custodia viva, salió esa primera procesión de Corpus sostenida por la confianza en Dios y animada por el amor. María misionera salió de Nazaret, simplemente para servir. Servía a Dios y serviría a su pariente necesitada. Había tocado su alma el que vino a servir y no a ser servido, y al instante dejó la Virgen el calor del hogar. Optó por el riesgo del camino de Jesús.”

María, como primera discípula y misionera de Cristo, es nuestro mejor modelo y a su vez es la modeladora de nuestra alma. Ella implora al Espíritu para que disipe la niebla de nuestras almas y de nuestras miradas a fin de vivir en la luz del bien y la verdad. Con María queremos construir una Patria Familia. Pero ¿por dónde comenzar? Por la propia familia y el propio ambiente. ¿Y con qué comenzar? Son muchos y variados los desafíos que se nos presentan como Iglesia en esta gran tarea y nuestros obispos nos recuerdan en el documento “El compromiso ciudadano y las próximas elecciones” que tenemos que reflexionar y trabajar muy firmemente a favor de:

La vida, don de  Dios y  el primero de  los  derechos  humanos que debemos respetar. Corresponde que la preservemos desde el momento de la concepción y cuidemos su existencia y dignidad hasta su fin natural;

La familia, fundada en el matrimonio entre varón y mujer, es la célula básica de la sociedad y la primera responsable de la educación de los hijos. Debemos fortalecer sus derechos y promover la educación de los jóvenes  en el verdadero sentido del amor y en el compromiso social;

El bien común, es  el  bien de todos  los hombres y de todo el hombre.  Debemos ponerlo por sobre los bienes particulares y sectoriales.
La inclusión,  debemos  priorizar  medidas  que garanticen  y aceleren la inclusión de todos los ciudadanos. La pobreza y la inequidad,   no  obstante   el  crecimiento  económico  y   los esfuerzos realizados, siguen siendo problemas fundamentales.  Decía el card. Errázuriz en la homilía de Aparecida: “Nuestra cultura siempre fue favorable a la vida. Las acciones de arrancarla de este mundo, fueron rechazadas. La Virgen María salió presurosa, a apoyar a su pariente estéril para que tuviera la felicidad de traer al hijo tan esperado, a Juan, a este mundo. Y de prisa partió a Egipto con José, para salvar la vida del Niño, que el poderoso de entonces, el rey Herodes, quería extirpar. Proclamaremos de manera convincente que toda vida humana es sagrada, y requiere para sí un trato digno y enaltecedor. Nos seguiremos oponiendo a la pena de muerte, a la violencia, a la tortura, al aborto, a la eutanasia y a la lacerante miseria, que no se condice con la dignidad de la vida humana, que fue creada a imagen y semejanza de Dios. Nuestra opción es la vida para todos, particularmente para los pobres y abandonados. Nuestro “no” a la anticultura de la muerte nace con fuerza de nuestro “sí” a la vida.”
Queridos hermanos en la Alianza, que en este nuevo 18 la Sma. Virgen implore sobre nosotros el Espíritu de verdaderos discípulos y misioneros que, como Ella, amen, sigan y anuncien al Señor. Queremos vivir y anunciar la unidad, la concordia y el diálogo: queremos vivir una cultura de Alianza. Que el Espíritu Santo disipe toda niebla de nuestro entendimiento, corazón y voluntad y nos impulse a creer más firmemente y a trabajar sin descanso por la Patria Nueva.Desde el Santuario reciban un cordial saludo y mi bendición,P. José Javier Arteaga