Navidad

Pesebre 

Luz, alegría, don

No sé si se fijaron en cuan pocas palabras el evangelista nos cuenta el acontecimiento tan extraordinario: “Mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre.”

La sencillez y pobreza de estas palabras se contrapone a la Navidad solemne y ruidosa a la cual nosotros estamos acostumbrados. Nuestra “rica” Navidad se ha impuesto y ha empobrecido a la verdadera. Ahora, ¿qué pasa realmente en Navidad? ¿Qué hace Cristo para con nosotros en Navidad?

1. Cristo viene a traernos la luz. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló”.

Pero nos dimos cuenta muy pronto de que la suya es una luz molesta, indiscreta, que descubre nuestras miserias, nuestras limitaciones, nuestras mezquindades. Es una luz que no se resigna a ser un puro adorno. Compromete, exige cambios dolorosos en nuestra existencia. Pero muchos no están dispuestos a dar ese paso. ¿Y nosotros?

2. Cristo viene para llenarnos de alegría. El ángel lo anuncia a los pastores: “No temáis, os anuncio una gran alegría para todo el pueblo. “

Alegría, porque sabemos que hay un Dios que piensa en el hombre con amor, que se acerca hasta el hombre, que se hace hombre. Un Dios que recorre nuestro mismo camino, que comparte nuestras penas y miserias, nuestras angustias y esperanzas. Un Dios que viene a traemos a todos la salvación.

Cristo ha venido a traemos la felicidad, una felicidad que traspasa todos los horizontes terrenos. Y nosotros insistimos en nuestra propia alegría, nuestra pobre felicidad humana y terrena.

Es terrible llegar a Navidad creyéndose ya antes un hombre feliz, un hombre satisfecho por otros motivos. Tal vez somos demasiado ricos en bienes de la tierra y por eso nos alegramos tan poco de los bienes del cielo.

3. Cristo nos trae sus dones. Él mismo se hace don para nosotros, el don por excelencia. Y nosotros queremos fingir que no nos damos cuenta de tal don. En realidad esperamos poco de Él. ¿Quién de nosotros le ha pedido a Cristo un regalo espiritual, un milagro de cambio, de transformación para esta Navidad?

Estamos demasiado ocupados con nuestros paquetes en que se ocultan nuestros dones, nuestros pobres regalos. Y así ahogamos el único don bajo una montaña de papeles de color, de chucherías y de cosas innecesarias.

Nuestra misión

1. Debemos convertirnos en luz. Que la luz de Cristo nos penetre íntimamente, nos transforme, nos haga tan transparentes que los hombres  al miramos queden deslumbrados, sintiendo todo el encanto y el atractivo de esa luz sobrenatural.

2. Debemos convertirnos en alegría. Nuestra misión es ser testigos de la alegría cristiana. Que todo el mundo entienda que el mensaje de Cristo es un mensaje de salvación, no de condenación; un mensaje de liberación, no de opresión; un mensaje de alegría, no de tristeza.

3. Hemos de convertirnos en don. Es costumbre hacer regalos en Navidad, muchos regalos. Queremos así saldar nuestras deudas de gratitud con aquellas personas a quienes debemos algún favor. Pero eso es demasiado cómodo.

A un cristiano se le exige mucho más. Tiene la obligación, no de hacer regalos, si no de convertirse él mismo en regalo, de convertirse en don. Hacer de su vida una entrega sin reservas – para todos. Porque todos los hombres son sus acreedores. Porque el cristiano ha de sentirse deudor para con todos sus semejantes y, sobre todo, deudor para con Dios.

En este nacimiento que celebraremos tiene que nacer algo en cada uno de nosotros. Todos somos llamados a nacer de nuevo.

Solo una cosa importa, dice San Pablo, y es que nos convirtamos en una creatura nueva. De nada nos sirve que Cristo haya nacido hace miles de años, si hoy nada va a nacer en nosotros. La maravilla de la noche de Navidad, hermanos, es que el Niño Dios – en el corazón de cada uno de nosotros – pueda volver a nacer y volver a vivir.

 

Preguntas para la reflexión

  • 1. ¿Qué es para mí hoy la Navidad?
  • 2. ¿Cómo festejo la Navidad?
  • 3. ¿Qué pido y qué regalo?

Reflexiones del  P. Nicolás Schwizer, Padre de Schoenstatt suizo, trabajó durante muchos años en el Movimiento de Schoenstatt en Paraguay. Desde que sufrió un accidente de ruta gravísimo en el año 2000, que le ocasionó lesiones irreversibles en el cerebro, no puede trabajar más, pero sigue aportando al capital de gracias por la Obra del Padre a la que dedicó su vida. El texto está tomado del retiro virtual “El Padre Nicolás predica desde la web”, para suscribirse (gratis): pn.reflexiones@gmail.com

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