Carta de Alianza Diciembre 2007

Arbol y Santuario

Un enorme árbol de navidad con luces de colores titilaba en medio de la muchedumbre y un Papá Noel cansado y sudoroso trataba de acaparar la atención de la gente para vender no sé qué rifa. Pronto sería Navidad.

“Espérame un momento aquí, ya vuelvo”, le dije a mi amigo Juan, y lo dejé junto a una columna en el gran hall de la estación de trenes, al amparo de los ríos de personas que pasaban por allí a esa hora. Juan es ciego.

Quería ahorrarle cruzar toda la estación y la larga fila en la boletería. Cuando miré para atrás lo ví parado, con sus párpados entornados; frente a él la gente pasaba indiferente, casi corriendo; un changarín con un carro lleno de maletas hizo una curva para no atropellarlo, y un canillita, después de ofrecerle un diario, pegó un rápido giro con cara de “¡perdón, no me di cuenta!”.

Él estaba allí, parado, solo. Y yo lo miraba desde la distancia. Los ruidos y las voces de mil personas desconocidas no parecían tener para él ninguna importancia. Él esperaba.

 Era una espera llena de paciencia, confianza y recogimiento. Y su rostro… En el gesto de su cara no había ninguna duda de que yo no volvería. Traslucía un sereno resplandor de confianza en que sería nuevamente tomado de la mano.

Él estaba allí y esperaba sereno y confiado. Y mirándolo a él, comencé a entender el profundo  sentido de Adviento.”

Queridos Hermanos en la Alianza:

Hace algunos años llegó a mis manos esta historia. Nuestro tiempo muchas veces se parece a ese inmenso hall de la estación de trenes donde las vidas se cruzan anónimamente. Nos podemos identificar con la gente que corre acelerada a fin de año como si se acercara el fin del mundo.

Puede ser que nos asemejemos al changarín que carga las pesadas valijas de un año difícil. Tal vez nos parezcamos al canillita que, ensimismado en su negocio, camina, vocifera y no ve a quien tiene adelante. Pero puede ser que nos identifiquemos con Juan. En él descubrimos al hombre que cree en la promesa recibida: su amigo le ha dicho que volvería a buscarlo. Él le cree y lo espera.

Adviento es el tiempo de la fe y de la esperanza. Tiene una doble significación: por un lado nos quiere ayudar a prepararnos para la Navidad y celebrar con devoción el nacimiento de Jesús; por otro lado, nos quiere recordar que toda nuestra vida es un gran Adviento, una espera confiada en el Señor: Él vino, Éll viene y Él vendrá.

Adviento es un tiempo marcadamente mariano. En María se nos manifiesta la actitud del verdadero cristiano en el largo Adviento de la vida: Ella cree en la Promesa de Dios; Ella espera contra toda desesperanza; Ella, mientras espera, se pone en acción al servicio de los necesitados.  Ella recibe la Palabra y deja que se haga Vida en su vida: La Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros” (JN, 1, 14); Ella es la discípula del Señor y la primera misionera de la Vida; Ella permanece fiel al pie de la cruz; Ella une y reúne a los hombres  construyendo la Iglesia.

Queridos hermanos en la Alianza, preparémonos concientemente para recibir al Niño Dios y hagámoslo de la mano de María.

Que con Ella y como Ella sepamos abrir el corazón y cada espacio de nuestra vida al Dios que viene a salvarnos.

 Que en medio de las corridas de fin de año sepamos ver en lo profundo sin distraernos.

 Que sepamos, como Juan, esperar con anhelo y confianza lo que es más importante, el Regalo y la Alegría que nadie nos podrá quitar y al recibirlo que sepamos compartirlo.

Que sepamos alegrarnos con la presencia cálida de Dios en nuestras vidas (¡no es evidente!), y que esa alegría se manifieste en agradecimiento y generosidad. Los invito a que nos acerquemos a nuestro Pesebre de Belén interior con un corazón humilde y con ojos asombrados de niños. Y allí contemplemos y recemos:

“Señora de Belén,

Señora de la Noche más buena y esperada,

Señora del Silencio y de la Luz,

Señora de la Paz, la Alegría y la Esperanza,

gracias  por habernos dado al Señor,

por habernos entregado el Pan que nos faltaba.

Que esta Noche la Luz que Tú nos diste

sea el comienzo de una claridad que no se acaba.

Amén.”   Cardenal.  E. Pironio

Queridos hermanos, que el Niño Jesús y su santa Madre los colmen de gracias y los fortalezcan en la fe, la esperanza y el amor para ser auténticos discípulos del Señor. Reciban desde el Santuario un cordial saludo y mi bendición para cada uno de ustedes y sus familias.

¡Feliz Navidad y bendecido año 2008!

P. Javier Arteaga

Foto: Campaña del Santo Rosario Santa Maria Brasil

 

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