Cuaresma: Muerte y vida

Pascua

Retiro de Cuaresma con el Padre Nicolás Schwizer:

Muchos textos de la Cuaresma nos invitan a mirar la muerte cara a cara. Pienso que todos hemos tenido que llorar la muerte de un pariente o amigo. Probablemente habrá pocos entre nosotros que no hayan visto a un muerto, que no hayan rezado al lecho de un difunto.

Al morir alguna persona amada, quizás sentimos la tentación de pedirle a Dios que le devuelva la vida. Pero si seguimos pensando en esto, nos daremos cuenta de que esta petición es hecha un poco a ciegas. No se trata de hacer que nuestros muertos vuelvan a esta vida terrenal.

Por ejemplo, la resurrección de Lázaro (Jn. 11, 1-45) no es la resurrección que se nos ha prometido a todos. No es una resurrección satisfactoria, ya que no es definitiva y en nada cambia la condición humana. Lázaro salió vivo de su sepulcro, pero tuvo que volver a el, tarde o temprano.

Cristo no ha hecho este milagro para trastornar las leyes naturales y suprimir en este mundo la muerte. El milagro es un signo, una manera de enseñar, la revelación de una verdad duradera con ocasión de un hecho pasajero. El que se aferra a un prodigio como tal, cierra los ojos ante su significado. El que quiere forzar un milagro, se interesa en sí mismo, pero no en Dios.

¿Cuál es, entonces, el mensaje de este milagro? Por medio de la resurrección de Lázaro, Cristo quiere enseñarnos que Él es el Señor, el Dueño de la vida, y que cuantos se ponen en sus manos, vivirán.

Entre Marta y María: Marta cree en la resurrección universal, pero ignora que la Resurrección está a su lado. Esta es la gran revelación cristiana: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mi, aunque haya muerto, vivirá.”

De este modo, Jesús enseña la existencia de otra vida, de la que Él mismo es el origen y la clave. Nos dice que Él mismo tiene poder sobre la vida y la muerte, y que para los que creen en Él la muerte es como un sueño – despertar es resucitar para la verdadera vida.

En el AT, Ezequiel habla del poder del Espíritu Santo para devolver la vida a lo que estaba muerto. Y el mismo Espíritu vivificante es el que resucita a Jesús de entre los muertos. Y con Cristo resucita a todos los que creen en Él.

El cristiano es un hombre que ha recibido el Espíritu y con Él la vida, nos enseña San Pablo. Este Espíritu de Dios dará la nueva vida también a nuestros cuerpos y hará desaparecer nuestro natural temor a la muerte.

Existe una ley natural: el hombre debe morir. Pero hay también una ley sobrenatural que no contradice a la natural, sino que la comple¬menta: la muerte del hombre es un nacimiento. “Si el grano de trigo que cae en la tierra, no muere, queda solo, pero si muere produce mucho fruto” (Jn 12,24).

Por eso, pensando en nuestros muertos, todos sabemos que no están muertos de verdad: sabemos que sus almas viven, piensan, aman y nos ven; sabemos, además, que sus cuerpos volverán a vivir, transformados, algún día.

Pero, sobre todo, sabemos que existe un Dios que resucita a los muertos, un Dios que ha vencido a la muerte. Es un Dios que, en cada misa, en cada una de nuestras comuniones, introduce en nuestros cuerpos una levadura de inmortalidad.

Queridos hermanos, el ejemplo mencionado de la resurrección de Lázaro es como un anticipo de la Resurrección de Jesucristo en Pascua. Ojalá sea también anticipo de nuestra propia resurrección, al final de nuestra vida: la culminación de una vida auténticamente cristiana, una vida que nos ha preparado y madurado para ese momento tan decisivo…
Que la Virgen María, nos acompañe y fortalezca en nuestro caminar hacia la victoria final.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Evito hablar de la muerte?
2. ¿Es la vida eterna una realidad para mí?
3. ¿Cómo recuerdo a mis familiares que ya han partido?

Si desea suscribirse, comentar el texto o dar su testimonio, escriba a: pn.reflexiones@gmail.com

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