Reflexiones

 

Padre rezando el rosario

Padre rezando el rosario

                                     

Arraigo en el Padre Fundador

 

               Escribe Padre Nicolás Schwizer, Instituto Padres de Schoenstatt

La  vivencia, la  relación  personal  con  el  Fundador  es  un  don.  Es  una gracia que  encierra  una  experiencia que  nadie  nos  puede dar  desde  afuera. Ha  de  hacerla cada  uno: encontrarse, vivir su  historia con  Él y  quererlo personalmente  en  la medida  que  experimente su cariño. Tarde o temprano, a cada schoenstattiano le llegará ese momento de gracia.¿Qué podemos hacer en concreto para que se nos dé esa gracia?   

¿Cómo  podemos abrirnos a  la gracia de un  profundo  arraigo en  el Padre Fundador?


1. Conocerlo. Es difícil, querer a  alguien a quien no conocemos bien.  El  primer paso es conocer al  Padre, interesarnos por  Él, abrirnos a su persona. A  muchos les  cuesta  leer y estudiar,  pero  es la  mejor forma para  conocerlo a  fondo, su persona, su  vida y  su obra. Si  queremos  acercarnos a Padre Fundador, hemos de hacer ese esfuerzo.
Así descubriremos que el sentido más  hondo de su vida era ser Padre. A lo largo de los  años podemos ver como creció y se desarrolló esa gracia de la paternidad que Dios le concedió.
Él sentía y decía que su ser padre fue el núcleo de su personalidad y misión. Dios nos dio  así un  Fundador cuyo  carisma  personal  fue el de irradiar ese rostro de padre. Dios Padre nos regaló un reflejo vivo de su propia paternidad.

Estudiando  la vida del Padre Kentenich, podremos  descubrir otro  rasgo esencial de su personalidad: frente a los hombres, Él era y quería ser siempre padre, pero frente  a Dios  se sentía siempre como  niño, como el niño más pequeño.
El  hombre maduro es  hijo y padre, es  como  un  puente  a través  del cual Dios quiere darse a nosotros. Ese  es el ideal que el  Padre  predicó y encarnó durante toda su larga vida.
2. Reconocerlo. Conocer y reconocer no es lo mismo: por ejemplo el diablo conoce a Dios, pero no la reconoce. ¿En qué sentido hemos de reconocerlo?

Como  Cabeza de la  Familia de  Schoenstatt.  Como tal  tiene  una  posición  de primacía dentro de la Familia.  Personalmente es el portador de una gran misión, misión que ha entregado a toda la Familia.  Pero  es  Él quien la recibió.  Por eso, tenemos que reconocerlo y aceptarlo como Cabeza, si queremos pertenecer a su Familia.

3. Seguirle. No  es suficiente sólo reconocerlo. Debemos identificarnos con  Él y con su obra. Su vida ejemplar lo autoriza para ser nuestro modelo. Porque  Él es la mejor encarnación  de lo que Schoenstatt  pretende: crear un  hombre nuevo, en una nueva comunidad. Hemos  de ser fieles a  su  espíritu, sus  principios, su misión. Sólo  así seremos  auténticos hijos  suyos que  puedan llevar adelante su obra.

4. Vincularnos.  El Padre, de su parte, quiere tomar contacto  con cada uno de nosotros, nos busca, nos invita a  acercarnos a  Él.  Debemos  recibirlo, darle  un lugar en  nuestra  vida, acogerlo en  nuestro  corazón.  Aceptarlo  como  nuestro padre, sentirnos hijos suyos. Así empezaremos  a compartir nuestra vida con  Él, así como la compartimos con María.
Entonces  vamos a empezar a dialogar con Él, contarle nuestras alegrías y penas,  luchas,  éxitos  y  fracasos.  Le  pediremos  consejo, ayuda. Vamos a  confiarle  y  rezarle,  por  ejemplo  la  novena… Y  entonces  vamos  a entregarnos también a Él, a su cuidado y protección paternal, a su mano conductora y educadora.

Y el fruto de toda esa vinculación creciente al  Padre, es  un  arraigo hondo en su corazón. Allí nos recibe a todos nosotros, nos hace sabernos y sentirnos sus hijos queridos, nos cobija en su amor paternal.  Y, por sobre todo, nos lleva al corazón de Dios, donde nos sentiremos acogidos y arraigados eternamente.
Preguntas para la reflexión

1. ¿Rezo la novena del Padre?
2. ¿Cuánto conozco de la vida del Padre Fundador?
3. ¿Es un modelo para mí

 

 

 

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