Carta de Alianza

diciembre 19, 2008

Boletín del Movimiento de Schoenstatt                                                                

Argentina – 18 de diciembre de 2008

 

Queridos hermanos en la Alianza:

 

Hace unos días participé de una reunión donde reflexionaban sobre el espíritu de la Navidad. De repente la conversación tomó un curso muy interesante: derivó en lo difícil que se hace festejar esta fiesta. A muchos les trae el recuerdo de seres queridos que ya no están, porque fallecieron o porque las circunstancias los han distanciado. A otros les incomoda el encontrarse con familiares a quienes no quieren ni verlos. A otros les duele la austeridad fruto de la crisis económica; otros dicen que en realidad no saben por qué “festejar” si en este año no hay nada por qué alegrarse. E inclusive se dice que la final del Torneo Apertura de fútbol, que posiblemente se juegue el mismo 24 de diciembre, ha opacado el ambiente de Navidad. Mientras escuchaba estas opiniones, recordaba una antigua canción de Adviento que dice: “Despertemos, llega Cristo, ¡Ven Señor! Acudamos a su encuentro, ¡ven Señor!”. Sí, realmente, estamos como dormidos, ¡despertemos, despertemos!

 

¿Qué está marcando nuestro espíritu en estos días previos a la Navidad?, “¡Despertemos, llega Cristo!”

Nos dice el Papa Benedicto XVI: “Navidad es la fiesta que canta el don de la vida. El nacimiento de un niño debería ser siempre un acontecimiento que trae alegría: el abrazo de un recién nacido suscita normalmente sentimientos de atención y de premura, de conmoción y de ternura. La Navidad es el encuentro con un recién nacido que llora en una gruta miserable. Contemplándolo en el pesebre, ¿cómo no pensar en tantos niños que aún hoy ven la luz en una gran pobreza, en muchas regiones del mundo? ¿Cómo no pensar en los recién nacidos no acogidos y rechazados, a los que no llegan a sobrevivir por falta de cuidados y atenciones? ¿Cómo no pensar también en las familias que quisieran la alegría de un hijo y no ven colmada esta esperanza? Bajo el empuje de un consumismo hedonista, por desgracia, la Navidad corre el riesgo de perder su significado espiritual para reducirse a una mera ocasión comercial de compras e intercambio de regalos. En verdad, sin embargo, las dificultades y las incertidumbres y la misma crisis económica que en estos meses están viviendo tantas familias, y que afecta a toda la humanidad, pueden ser un estímulo para descubrir el calor de la simplicidad, de la amistad y de la solidaridad, valores típicos de la Navidad. Despojado de las incrustaciones consumistas y materialistas, la Navidad puede convertirse así en una ocasión para acoger, como regalo personal, el mensaje de esperanza que emana del misterio del nacimiento de Cristo”.

¡Despertemos, llega Cristo! 

 

Celebrar a alguien que amamos es una buena oportunidad para recordarlo, agradecerle y renovar nuestro amor y compromiso por él.

 

ª     Celebrar la Navidad es celebrar a Dios con nosotros.

Dios viene a nuestro encuentro, es el esperado “Emmanuel” (Is. 7, 13-15). Ya no hay más soledad, Dios ha acortado la distancia que nos separaba de Él; se ha acercado hasta el extremo de hacerse hombre como nosotros y compartir toda nuestra existencia hasta el final. ¡Dios está con nosotros porque nos ama! Sin embargo, hay muchos hombres que no conocen a este Dios tan cercano porque no tienen la experiencia del amor fraterno y familiar. Nuestro compromiso de Navidad es ser testigos del bien, la justicia y la verdad para que el hombre de hoy pueda creer en un Dios presente y actuante en su historia.

 

ª       Celebrar la Navidad es celebrar al Dios del Amor.

“Tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo único” (Jn. 3, 16). El nacimiento y la vida de Cristo entre los hombres es el mayor testimonio del amor generoso y solidario de Dios para con nosotros. ¿Qué ganaba Él viniendo a nosotros? ¿Qué nos debía? Nada. Sólo quiso darse todo para que tuviéramos su Vida y participáramos de su Amor. La Navidad es la fiesta del Dios de Amor que se entrega con total generosidad y sin merecimientos de nuestra parte, para que vivamos en Su amor. No obstante, para muchos, hoy el amor es un sueño lejano. Nuestro compromiso de Navidad debería ser forjar vínculos familiares y fraternos más firmes, crecer en el amor generoso y solidario con el que está postergado, compartiendo nuestro tiempo, nuestro pan y nuestro corazón. Salir de nosotros para ir a los otros sin cálculos, por amor, como Dios lo hizo con nosotros.

 

ª        Celebrar la Navidad es celebrar al Dios de la Vida.

Cristo se presentó a sí mismo diciendo “Yo soy… la Vida” (Jn 14, 6) y nos reveló la causa de su presencia entre nosotros: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Jesús ha salido al encuentro de los hombres, ha curado a enfermos y a los que sufren, ha liberado a endemoniados y resucitado a muertos. Se ha entregado a sí mismo en la cruz y ha resucitado, manifestándose de esta forma como el Señor de la vida: autor y fuente de la vida inmortal. Jesús ha venido para dar la respuesta definitiva al deseo de vida y de infinito que el Padre Dios, creándonos, ha inscrito en nuestra alma. Pero hoy la vida cotiza en baja en la bolsa de valores en nuestra Patria. El tercer compromiso de Navidad podría ser defender la vida del hombre, desde su concepción hasta su muerte natural, y promover una vida digna, con un techo, trabajo, estudio y salud accesible para todos. Porque Dios es el Dios de la Vida que ama y está presente en cada vida humana.

 

Queridos hermanos, estamos a una semana de la Navidad, y en este 18 de diciembre, al celebrar la Alianza de Amor con María, le pedimos que nos regale un corazón como el de Ella, abierto al Dios de la Vida, solidario con los hermanos y forjador de familia. Con el Padre Fundador pidamos:

 Madre,

Tal como muestras al Niño a pastores y reyes

y te inclinas ante Él adorándolo y sirviéndolo,

  así queremos con amor ser siempre sus instrumentos

y llevarlo a la profundidad del corazón humano.

 

 

Desde el Santuario reciban un cordial saludo y bendición para cada uno y sus familias.

 ¡Feliz Navidad y bendecido año 2009!

                                   P. José Javier Arteaga