Mes de Maria

Mes de Maria

15 de noviembre

¡Cuán a menudo, en los años pasados, hemos denominado, con enorme gratitud, pero también con enorme confianza, a María como nuestra Madre de Gracias! ¡Cómo estaban sus manos repletas de gracias! ¡Cuán a menudo la hemos llamado nuestra Madre del pan, nuestra Madre del hogar! Queremos detenernos a considerar hoy una vez más todo ello y seguir ocupándonos de lo mismo en los próximos días.

¿Y cuál habrá de ser nuestra reacción? En la fiesta de la Maternidad de María, en la fiesta en la que tomamos conciencia de que nos hemos transformado en su ocupación predilecta, queremos prometerle nuevamente que, en el futuro, ella se transformará también en nuestra ocupación predilecta, y más aún de lo que lo ha sido hasta ahora. “Quiero ofrecerte eterna gratitud…”.

“Los atraje a mí con lazos triples”. Me pertenecen sus manos de Madre, me pertenecen sus ojos de Madre, pero también, y sobre todo, su corazón de Madre. María sabe sobre aquella ley que nos es ya familiar, según la cual nos vinculamos más fácilmente a una criatura, a un ser espiritual, cuando nos manifiesta su amor en forma sobreabundante. Por esa razón, ya durante su vida, María nos colmó de dones y de gracias. Nos colmó de dones y de gracias, porque no escatimó esfuerzos por nuestra salvación y elección. Por esa razón, ella no es solamente Madre del Señor, sino también la mujer configurada según Cristo y la que configura a Cristo en nosotros. (Schoenstatt, octubre 1947)

 14 de noviembre

Cada uno debe investigar: ¿dónde experimenté yo, dónde experimentó la comunidad a la que pertenezco, de manera especial en los años transcurridos, el amor de María? ¿Dónde se manifestó ella como la Madre tres veces Admirable? Entonces, unimos las manos en oración, cantamos nuestro Cántico de gratitud y rezamos una y otra vez: “Quiero ofrecerte eterna gratitud…”.

Estamos vinculados con lazos triples. María no sólo nos ha regalado sus ojos, sino también sus manos fuertes. ¡Cuán a menudo le hemos ofrecido nuestras manos y hemos esperado que ella nos ofrezca las suyas! Pensemos en san Pedro: él se atrevió a caminar sobre el mar y el Señor lo dejó caminar sobre las olas. Pero, de pronto, su confianza vacila, comienza a hundirse y grita; de inmediato lo toma la mano del Todopoderoso, él puede caminar sobre el agua (Mt 14, 22-33).

¿Acaso no nos ha sostenido la Santísima Virgen, una y otra vez de manera semejante, en los años transcurridos? El tiempo actual se parece a un mar y, mañana o pasado mañana, una terrible tempestad lo azotará. ¿No queremos confiarnos una y otra vez a las manos admirables? ¡Cuán ricas en dones y gracias fueron esas manos en los años que han pasado! No puedo entrar en detalles: que nuestro corazón capte todo ese mundo. (Schoenstatt, octubre 1947)

 Nota: Reflexión elaborada por los Padres de Schoenstatt de Córdoba, Argentina.

“Con Maria Reina, construyamos una Patria para todos”

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