Santísima Trinidad

mayo 28, 2010



El universo entero

con gozo  glorifique  al Padre

le tribute honra y alabanza

por Cristo, con María

en el Espíritu Santo,

ahora y por lo siglos de los siglos. Amén

P. Jose Kentenich (H. el Padre 185)

El Domingo siguiente a Pentecostés la Iglesia celebra la Solemnidad de la Santísima Trinidad. En la baja Edad Media, la devoción creciente de los fieles al misterio de Dios Uno y Trino, que desde la época carolingia tenía un lugar importante en la piedad privada y había dado origen a expresiones de piedad litúrgica, indujo a Juan XXII a extender en 1334 la fiesta de la Trinidad a toda la Iglesia latina.

Respecto a la piedad popular a la Santísima Trinidad, el misterio central de la fe y de la vida cristiana, no es cuestión tanto de recordar tal o cual ejercicio de piedad, sino de subrayar que toda forma auténtica de piedad cristiana debe hacer referencia al verdadero y solo Dios Uno y Trino, “El Padre Omnipotente y su Hijo Unigénito y el Espíritu Santo”. Tal es el misterio de Dios, el que se nos ha revelado en Cristo y por medio de Él. 

Texto extraído de la página web “El camino de María”- Imagen extraída de la página web de Mónica Torres.


Domingo de Pentecostes

mayo 22, 2010

LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE LOS APÓSTOLES

REUNIDOS CON MARIA EN EL CENÁCULO

En medio de los Apóstoles,
con tu poderosa intercesión
imploras  la prometida irrupción
del Espíritu Santo,
Por la cual  fueron transformados débiles hombres
y se indica a la Iglesia la ruta de victoria.
abre nuestras almas al Espíritu de Dios,
y que Él nuevamente arrebate
al mundo desde sus cimientos.
Padre José Kentenich (Hacia el Padre  353)
 
Origen de la fiesta
Los judíos celebraban una fiesta para dar gracias por las cosechas, 50 días después de la pascua. De ahí viene el nombre de Pentecostés. Luego, el sentido de la celebración cambió por el dar gracias por la Ley entregada a Moisés.
En esta fiesta recordaban el día en que Moisés subió al Monte Sinaí y recibió las tablas de la Ley. Celebraban así, la alianza del Antiguo Testamento, el pueblo se comprometió con Dios  a vivir según sus mandamientos y Dios se comprometió a estar con ellos siempre.
La gente venía de muchos lugares al Templo de Jerusalén, a celebrar la fiesta de Pentecostés.
En el marco de esta fiesta judía es donde surge nuestra fiesta cristiana de Pentecostés.

La Promesa del Espíritu Santo 

Durante la Última Cena, Jesús les promete a sus apóstoles: “Mi Padre os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre: el espíritu de Verdad” (San Juan 14, 16-17).
Al terminar la cena, les vuelve a hacer la misma promesa: “Les conviene que yo me vaya, pues al irme vendrá el Abogado,… muchas cosas tengo todavía que decirles, pero no se las diré ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de Verdad, os guiará hasta la verdad completa,… y os comunicará las cosas que están por venir” (San Juan 16, 7-14).
En el calendario del Año Litúrgico, después de la fiesta de la Ascensión, a los cincuenta días de la Resurrección de Jesús, celebramos la fiesta de Pentecostés.

Explicación de la fiesta: 

Después de la Ascensión de Jesús, se encontraban reunidos los apóstoles con la Madre de Jesús. Era el día de la fiesta de Pentecostés. Tenían miedo de salir a predicar. Repentinamente, se escuchó un fuerte viento y pequeñas lenguas de fuego se posaron sobre cada uno de ellos.
Quedaron llenos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas desconocidas.
En esos días, había muchos extranjeros y visitantes en Jerusalén, que venían de todas partes del mundo a celebrar la fiesta de Pentecostés judía. Cada uno oía hablar a los apóstoles en su propio idioma y entendían a la perfección lo que ellos hablaban.
Todos ellos, desde ese día, ya no tuvieron miedo y salieron a predicar a todo el mundo las enseñanzas de Jesús. El Espíritu Santo les dio fuerzas para la gran misión que tenían que cumplir: Llevar la palabra de Jesús a todas las naciones, y bautizar a todos los hombres en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Es este día cuando comenzó a existir la Iglesia como tal.

¿Quién es el Espíritu Santo?
El Espíritu Santo es Dios, es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia nos enseña que el Espíritu Santo es el amor que existe entre el Padre y el Hijo. Este amor es tan grande y tan perfecto que forma una tercera persona. El Espíritu Santo llena nuestras almas en el Bautismo y después, de manera perfecta, en la Confirmación. Con el amor divino de Dios dentro de nosotros, somos capaces de amar a Dios y al prójimo. El Espíritu Santo nos ayuda a cumplir nuestro compromiso de vida con Jesús.

Texto extraído  de la pagina WEB Catholic.net

 

  

 


El Padre José Kentenich (Un personaje inolvidable)

mayo 22, 2010

Autor:     Prof. Alfredo Eduardo Villafañe  miembro de la  Obra Familiar de Schönstatt

 La expresión “personaje” podría resultar para algunos no muy apropiada, tratándose de un ser carismático, que amó a la Iglesia y que fundó un movimiento que se extendió por todo el mundo. Quienes de alguna manera  estamos vinculados  a ese movimiento y que hemos estudiado la vida de este santo (aunque está en proceso su beatificación) por una extensa bibliografía – aún sin haberlo conocido personalmente -, nos inculcó siempre el sagrado impulso apostólico que lo caracterizaba.

Fundador del movimiento de Schoenstatt, desde pequeño fue consagrado por su madre a la Virgen María. Fue un apasionado en el fervor a María desde entonces y desde la pequeña capilla donde dio comienzo su labor espiritual, hasta los actuales santuarios, réplica de aquella capilla que asomaba en los montes de Schoenstatt.

Formaliza allí con un conjunto de jóvenes una Alianza con  la Virgen que constituye una de las bases fundamentales del movimiento que después se crea. “Bajo la protección de María queremos aprender a educarnos a nosotros mismos, para llegar a ser personalidades recias, libres…”

Pero más que sus inicios y la dimensión que llega a tener el movimiento en países, consideraremos  el impulso vital que demostró siempre por el amor a la Iglesia y que demostró al defenderla en muchas ocasiones aún a costa de propios sacrificios. El padre José Kentenich era un visionario, un profeta, vivía el presente y se adelantaba a los tiempos. Siempre existió en él una fuerte tendencia hacia Dios, hacia lo absoluto, hacia lo eterno. Ya siendo joven sacerdote se percibía en su persona uno de los rasgos que marcarían toda su vida sacerdotal: “ser un reflejo del amor misericordioso de Dios Padre”.

Hombre de principios, buscaba en todas las cosas el plan de Dios. Su aguda sensibilidad sobrenatural le hacía detectar en los acontecimientos y circunstancias ordinarias de la vida la manifestación de la voluntad divina, a la cual, una vez descubierta, se entregaba totalmente: “con todo lo que soy y lo que tengo: con mi saber e ignorancia, con mi poder y con mi impotencia, pero, por  sobre todo, les pertenece mi corazón”.

Desde aquellos lejanos días de la Primera Guerra Mundial hasta el día de su muerte – es decir, a lo largo de más de cincuenta años –el padre Kentenich irá construyendo, paso a paso, una obra trascendente. Cuando las cosas no fueran suficientemente claras, aguardaba hasta que un signo le manifestara más nítidamente la voluntad de Dios. “En lo que emprendía no me preocupaba del éxito. Me bastaba, en todo momento, la convicción de estar trabajando en la realización de un plan divino”.

Trabajó intensamente por ayudar a la mujer a descubrir su identidad, a valorarse sanamente a sí misma, a asumir el papel  que le corresponde en el plan de Dios y en la historia de la salvación. Para ello, contemplaba en la persona de la Virgen María el ideal femenino. De ahí la tarea de velar para que “la imagen de la Sma. Virgen sea vista, en todo momento, como la imagen luminosa, el ideal pleno y espiritualizado de la mujer”.

Varios se formulaban la pregunta ¿Por qué atraía tanto el padre Kentenich? Era unánime la respuesta: porque era un hombre de Dios y un hombre de su época; porque sabía unir lo eterno y trascendente con lo temporal y concreto; porque vivía “con el oído en el corazón de Dios y la mano en el pulso del tiempo”. No había acontecimiento corriente o suceso de importancia con el cual no se confrontara, lo elaborara o intentara una respuesta. “Si toda nuestra actividad no va acompañada de una oración íntima y sincera, estamos construyendo sobre arena. No existe un verdadero educador que no sea un hombre de oración”. También para el padre la alegría era una característica fundamental de la vida cristiana, por eso, también debía ser  un  rasgo peculiar de la Familia de Schoenstatt.

El padre Kentenich pasó el tormento del campo de concentración de “Dachau”. Sin embargo al salir de ese encierro exclamaba “Dachau me rejuveneció como nunca”. Había salido de ese lugar totalmente renovado, confirmado en el carácter divino de su Obra, y dispuesto a nuevas luchas…..”Quien tiene a Dios como báculo y apoyo está siempre tranquilo y sereno. Con este

báculo he pasado por la cárcel y el campo de concentración y hoy, como entonces, también estaba tranquilo. Debemos tener una pasión: pertenecer a Dios, servir a Dios, llevar a cabo su obra”. Sentía que su misión había sido y era necesario darla a conocer en nuestra época, con la misión específica que la Mater tiene desde su santuario de Schoenstatt para el tiempo actual. La Santísima Virgen es como un remolino de Cristo, al cual nos lleva con fuerza irresistible.

Pero es durante los largos años de destierro en Milwaukee, que en el interior de la familia de Schoenstatt se despertó una fuerte corriente de oración y sacrificio.”He estado en tormentas aún mayores, y la Virgen siempre ha vencido. Esos años fueron las catorce estaciones del Vía Crucis que tuvimos que recorrer”.

El padre Kentenich realizó una misión de profeta. Normalmente los hombres marcados con ese carisma no son comprendidos en vida, pues se adelantan a su época. Fue siempre el distinguido mensajero del triple mensaje de Schoenstatt: la Fe práctica en la Divina Providencia, la Alianza de Amor con la Sma. Virgen y la Conciencia de misión. “Si nuestra fe en la Providencia es suficientemente fuerte, entonces ella puede más de lo que nosotros nos atrevemos a esperar. Por ello, una y otra vez, insistiremos con más audacia, con más victoriosidad…”

 Hemos tratado de hacer una brevísima semblanza del padre fundador de Schoenstatt. Desde ya faltarán muchas cosas, algunas de preferencia de los lectores que no han sido mencionadas. Pero sí, podemos asegurarles, que ha sido una selección propia de todo lo que ha significado para nosotros la imagen de un santo, ejemplo de virtudes espirituales, ejemplo de valentía cuando era necesaria en defensa de principios, ejemplo de perseverancia en el seguimiento de los planes de Dios, que el siempre trató de descubrir.

 Buenos Aires, 9 de enero de 2010


Seminario sobre el Padre José Kentenich

mayo 22, 2010

                                                                                                                  


Hemos conocido a un Padre

mayo 22, 2010


¡Feliz día de la Patria en el año del bicentenario

mayo 22, 2010

Forjar cada día una Patria con rostro de Familia, basada en los valores de la verdad, la justicia y el amor es nuestro mejor regalo en este Bicentenario y sigue siendo nuestro compromiso y desafío de cara a los próximos tiempos. (Padre Javier Arteaga)

 “Con  María Reina construyamos una Patria para todos”


Ascensión del Señor

mayo 18, 2010
 

Ascensión del Señor

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR  A SU PADRE

 EL Señor ha ascendido a los cielos,

dejando tras de sí a los que anhelan su venida;

a tu corazón  y a tus ojos

los embarga una honda nostalgia,

pero la felicidad del Hijo

también te hace dichosa.

Madre, que en todo  momento añore el  cielo

para que, como el tuyo,

Mi corazón sea  amplio y generoso.

Padre José Kentenich (Hacia el Padre  nro. 352)