La pascua del Padre José Kentenich

septiembre 18, 2009
P. Alberto Eronte

P. Alberto Eronti

La fecha del 15 de septiembre provoca en mí una serie de recuerdos, por lo vivido hace ya 41 años. El grupo de estudiantes de los Padres de Schoenstatt vimos al Padre por última vez con vida poco antes del 15 de septiembre.   La salud del Padre venía deteriorándose y las Hermanas de María lo cuidaban celosamente.

Con motivo de nuestra peregrinación a Cambrai (Francia), siguiendo las huellas de José Engling, pedimos saludar al Padre y recibir su bendición. Para no exigirlo por demás, el Padre Alex Menningen propuso que fuéramos hasta la ventana de la sala en la que el Padre cenaba, calculando que él ya hubiera terminado de comer. Así lo hicimos. Al llegar formamos un semicírculo bajo la ventana del segundo piso y comenzamos a cantar. Inmediatamente el Padre abrió la ventana y se asomó; agitaba su mano saludándonos y sonreía disfrutando de nuestra presencia. Luego nos dijo unas palabras de envío y nos dio la bendición para el viaje. Entonamos un nuevo canto y el Padre desapareció unos instantes y luego reapareció con una caja de caramelos y chocolates y comenzó a tirarlos hacia nosotros, mientras reía disfrutando nuestra alegría. Finalmente nos saludó agitando su mano y desapareció.

Días más tarde, ya terminada nuestra estadía en Francia, la noticia llegó como un rayo:   ¡El Padre ha muerto!  Recuerdo que inmediatamente fui a la capilla de la casa y me arrodillé.  La conmoción interior y el dolor me doblaron interiormente, tenía un profundo sentimiento de orfandad, de desvalimiento, de vacío.  El hombre – sacerdote y padre – por cuya persona y misión Dios había cambiado el curso de mi vida,  ya no estaba,  ya no podría dejar que su persona y su palabra iluminaran mi vida y que su fuego mantuviera encendido el mío. El tiempo fue pasando y yo ahí, arrodillado, mirando la imagen de la Mater, recordando que Ella era el gran amor del Padre.   De repente,  algo cambió en mí.  Ya no era agobio, ni vacío, ni orfandad lo que sentía,  sino el don de una presencia inmensamente cercana:  ¡la del Padre!   Sí, ya no había que pedir audiencia para verlo y hablar con él;  ahora era mío, intensamente mío y sin barreras. Era totalmente mío y totalmente de cada uno de sus hijos e hijas.  Ahora ya no tendría barreras para acompañar a cada uno, para guiar y proteger, bendecir y enviar a la Familia,  ya era totalmente de todos y cada uno. Ahora había que encontrarlo en el santuario del corazón y aprender a estar con él y escucharlo de una manera nueva. Su plenitud en Dios lo hacía ser de todos y siempre. 

A los 41 años de su partida, puedo testimoniar que su presencia me resulta más plena, su palabra más educadora, su misión más fuego. Es una gracia haberlo conocido personalmente, pero sería una gracia desperdiciada si su vida de sacerdote y padre no hubiese sido un impacto de amor que me signó para siempre.   Al compartir estos recuerdos lo hago con la certeza de que la vida se enciende con la vida. Que la vida del Padre encienda la de cada uno de la Familia de Schoenstatt y la lleve a un apasionado amor a María.

Textos extraídos de la página Web:  www.schoenstatt.de, escritos por el Pdre. Alberto Eronti al cumplirse el 41 aniversario  del fallecimiento de Padre José Kentenich.

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MÁS CERCANO QUE NUNCA

septiembre 15, 2008
Tumba del Padre en su 40° aniversario

Tumba del Padre en su 40° aniversario

La historia del Padre Kentenich es apasionante. Un hombre que, como pocos, vivió los desafíos y problemas más hondos del cambió de época. También, como pocos, se hizo  portador de los anhelos más profundos  del hombre actual. Con lucidez profética señaló derroteros que tendrán vigencia por siglos.

Su historia de vida muestra, una vez más, que Dios elige a los suyos de la nada y se glorifica  a partir de la pequeñez  humana. Una vida que recuerda  que es Dios quien conduce la historia y regala a sus instrumentos una fecundidad admirable y desbordante. Fue un hijo de María, de corazón encendido por amor a Ella y apasionado por la trascendencia de su misión de renovar la Iglesia y forjar una nueva cultura en Cristo Jesús. Nos encontramos ante la figura señera de un eximio  educador y formador de hombres; sabia nueva  para la Iglesia del tercer milenio.

 

La Virgen se lo llevó después  de haber celebrado Misa, por primera vez en la Iglesia de la Adoración, consagrada  a  la Santísima Trinidad, que se levanta sobre el monte de Schoenstatt  y cuya  construcción había sido prometida a la Virgen en 1946, como ofrenda por la protección de Schoenstatt durante la guerra.

El Padre fundador celebró  su primera  y última  Misa allí, el 15 de septiembre de 1968, en la fiesta de Nuestra Señora de los siete dolores, dolores que él había compartido muy íntimamente a lo largo de su vida ya que todos sus sufrimientos habían sido únicamente  por Ella, por la misión de María  frente a la Iglesia y al mundo del futuro.  Por la Santísima Virgen, el Padre fundador  había sufrido calumnias del mismo tipo  que sufrió Ella.  Como Ella, gustó también las amarguras del destierro. La Santísima Virgen se lo llevo al terminar la Misa,  en la sacristía. Falleció a causa de un ataque   al corazón, en forma instantánea y en medio de una paz extraordinaria.

 

La Familia de Schoenstatt siente, que desde que el Padre fundador murió, lejos de haberse  hecho  más distante, su persona se ha vuelto  mucho  más cercana. La intimidad con el Padre Kentenich ha crecido, en la medida que  los suyos se unen a él.

Él bendice  al que se le entrega, al que le da su cariño de hijo. Él bendice en forma extraordinaria, porque está más cerca de la Santísima Virgen que nunca y le puede “tironear del manto” con mucha más fuerza  y rapidez que lo hacía cuando estaba aquí en la tierra.

 

Texto extraído del libro: “La historia del Padre Kentenich” del P. Juan Pablo  Catoggio


40° Aniversario fallecimiento Padre José Kentenich

septiembre 14, 2008

Invitación Familia Argentina

 


40° Aniversario del fallecimiento del Padre José Kentenich

septiembre 14, 2008

El Movimiento de Schoenstatt recuerda en todo el mundo

 los 40 años del fallecimiento de su fundador

 El lunes 15 de septiembre, el Movimiento de Schoenstatt en todo el mundo recuerda el cuadragésimo aniversario del fallecimiento del Padre Kentenich. En Chile se celebra una Santa Misa en conmemoración de este acontecimiento en todas las catedrales del país; en Schoenstatt, como cada año, se celebra una Santa Misa para toda la Familia de Schoenstatt en la hora del fallecimiento del Padre, presidida por el P. Heinrich Walter, Presidente de la Presidencia General de la Obra de Schoenstatt. El 14, Mons. Robert Zollitsch, arzobispo de Friburgo y presidente de la Conferencia Episcopal de Alemania, presidirá una Santa Misa en conmemoración del Padre Kentenich en la Iglesia de Peregrinos en Schoenstatt.

El mismo día están en Schoenstatt unos 300 peregrinos de la diócesis de Osnabrück, Alemania, al menos otros 300 peregrinos más que vienen para la celebración del “Día del Padre”, y dos peregrinaciones grandes de Latinoamérica, una de Chile, y otra de la Argentina. Mons. Zollitsch ya envió el texto de su prédica para que se pueda ofrecer la traducción a los peregrinos internacionales. La cadena más grande de TV de Alemania anunció el envío de un equipo de filmación pues preparan un programa sobre Mons. Zollitsch, con una parte especial sobre Schoenstatt y el Padre Kentenich. Mientras a los peregrinos se les ofrece un programa variado con oraciones en la tumba del Padre y en el Santuario Original, presentaciones y talleres.

En muchas catedrales y Santuarios de varios países, se celebran Santas. Misas el 15 de septiembre en conmemoración del Padre Kentenich. En la Republica Argentina se celebrará a las  18 hs.  una Santa Misa en la Catedral  de Buenos Aires.


39 Aniversario de la muerte del Padre José Kentenich

septiembre 30, 2007

Padre Angel Lorenzo Strada

15 de septiembre de 2007

PRÉDICA del  P. Ángel Lorenzo Strada

en la Iglesia de la Adoración

Hoy es un día de agradecido recuerdo. El Dios vivo actuó claramente en los momentos de la muerte de nuestro fundador, tal como lo hizo con frecuencia en la historia de la Familia. Las circunstancias concretas dan testimonio de tal acción.¿Puede pensarse una mejor hora para su partida a la casa del Padre? Inmediatamente después de celebrar la Eucaristía; en la iglesia que él había pedido que se construyera; acompañado por cientos de miembros de su Familia; en un  domingo, día de la resurrección del Señor; en una fiesta mariana.Disposiciones de Dios, cuya profundidad y significado quizás aún no hemos descifrado. Los últimos gestos de nuestro fundador fueron la bendición de rosarios y la cordial invitación a almorzar a cohermanos en el sacerdocio. Él, que había vivido con sencillez, sin ninguna búsqueda de honras y reconocimiento, muere en silencio, sin grandes palabras.Él, que con amor abnegado había regalado su corazón a tantas personas, muere de un paro cardíaco.Hoy, treinta y nueve años después, hacemos viva memoria de este acontecimiento de gracias. Al mismo tiempo nos mueve la voluntad de comprender mejor y más profundamente la persona y el mensaje de nuestro fundador para el ser y la misión de nuestra Familia. Sólo así podremos entregar nuestro aporte en la Iglesia y para la Iglesia. La inevitable y cada vez mayor distancia de su existencia terrena exige un continuo “aggiornamento”, una puesta al día de su carisma para la Iglesia y el mundo. Se trata, claro que a un nivel muy diferente, del mismo proceso de vida de la Iglesia universal, que después de veinte siglos en el Concilio Vaticano II y en las décadas posteriores busca una actualización del mensaje de Cristo. Se trata ciertamente de una hermosa y, a la vez, una difícil tarea. Porque en el Padre Fundador estamos ante una personalidad que abre grandes horizontes y los une a pequeños pasos. Contemplemos otras figuras notables de la fe, así podemos ganar un mejor ángulo para mirar a nuestro fundador.

Entre las personalidades relevantes de la historia de la Iglesia probablemente  San Pablo es quien con mayor fuerza encarnó esa tensión creadora

 Pablo es el hombre de los grandes horizontes, el apóstol de los gentiles, el que lucha contra la estrechez de la sinagoga, las normas y las tradiciones de la religión judía. Ellas impiden la amplitud y el universalismo del evangelio de Cristo. Pablo no teme la abierta confrontación con Pedro y otros apóstoles (Gál 2, 11s). Cristo ha traído nueva vida para todos los pueblos, quiere la conversión de los corazones y no el cumplimiento exterior de ritos y normas envejecidos. Lo decisivo es la apertura a la acción del Espíritu y no el atarse a la tradición. Pablo es simultáneamente el hombre de los pequeños pasos. El incondicional seguimiento de Cristo y la fidelidad a su encargo lo impulsan a un abnegado compromiso con los suyos. Se tornará padre y madre de hombres y comunidades (1 Cor 4, 14s; 1 Tes 2, 7s). Con amor reprende a los gálatas y con claras palabras amonesta a los corintios (Gal 3, 1s; 2 Cor 12, 11s). Pablo manifiesta su preocupación por todas las comunidades: “¿Quién es débil sin que yo me sienta débil? ¿quién está a punto de caer, sin que yo me sienta como sobre ascuas?” (2 Cor 12, 28). En la joven Iglesia existen peleas, celos y envidias, búsqueda de poder y de honra. Algunos son partidarios de Pablo, otros lo son de Apolo (1 Cor 3, 4s). Pablo sufre por esto y  confiesa que “me hice todo para todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio” (1 Cor 9, 22). Su amor es concreto y personal y habla del “querido hermano Onésimo”, “nuestro querido amigo Lucas”, “el querido hijo Timoteo”. Saluda muy cordialmente a  Prisca y a Aquila; a Rufo, “el elegido del Señor,  y a su madre, que lo es también mía”; “a la querida Persis, que también ha trabajado mucho por el Señor”  (Rom 16, 1 s)   

 El Dios de la historia coloca también a nuestro fundador ante grandes horizontes 

Los seculares tiempos de cambio exigen un nuevo tipo de hombre, que desde su interior opta libremente por Cristo. Exigen un nuevo tipo de comunidad, caracterizada por una profunda solidaridad entre todos sus miembros y una activa corresponsabilidad en la realización de  una común misión. Nuestro fundador pone la mano en el pulso del tiempo y el oído en el corazón de Dios. Vive en una época que no tiene nada de tranquila y armónica. Seculares tiempos de cambio y aceleración de la historia constituyen el marco histórico de la biografía del Padre Kentenich. Miserias y sombras de la época no lo asustan. Por el contrario, le hacen ganar nuevos impulsos para la misión. Un viejo mundo está en llamas. Hombres y pueblos sufren, y nosotros con ellos. Un nuevo mundo está surgiendo. Compartimos las esperanzas y trabajamos por él. “Afuera con las estrecheces” es su llamado después de la prisión en Dachau. “Con María, alegres en la esperanza y seguros de la victoria hacia los más nuevos tiempos”, su último mensaje a la Familia.Los nuevos tiempos exigen la renovación de la Iglesia. Convocan a una Iglesia que no es sedentaria y cómodamente instalada espera que los hombres lleguen a ella sino que sale a su encuentro. Una Iglesia que es amiga y servidora de todos los hombres, en especial, de los pobres, los que están solos y excluidos. Una Iglesia que irradia la alegría del evangelio y es lugar de una viva experiencia de Dios, en la que todas las fuerzas apostólicas trabajan en común, tal como lo pensó San Vicente Pallotti. A nuestro fundador lo anima la esperanza de que Schoentatt será anticipación de una Iglesia renovada y que colaborará efectivamente en su edificación. 

Él anuncia estos grandes objetivos, pero con la misma decisión trabaja para su logro

Si este mensaje de renovación quiere ser concreto y efectivo debe recorrer el camino del trabajo en pequeño, de la realización esforzada y paulatina.  Los grandes horizontes corren el riesgo de terminar en sueños utópicos y proclamas huecas. Deben ser, por el contrario, estímulos para objetivos claros y base firme para proyectos concretos. Los pequeños pasos corren el riesgo de terminar siendo ineficaces y anodinos. Las nuevas playas no se encuentran a un par de metros de la tierra firme, exigen audacia y mirada amplia. Visiones históricamente eficaces unen grandes horizontes y pequeños pasos. Ambos son inseparables.Los pequeños pasos constituyen para el Padre Kentenich su programa diario. El servicio paternal a los que le han sido confiados lo impulsan a incontables diálogos personales y miles de cartas. El amor abnegado a su fundación se manifiesta en los ejercicios, jornadas y conferencias, donde regala fuertes impulsos y clara orientación.

Él dice: “Fue un largo y espinoso camino, marcado por el más pequeño de los trabajos en pequeño. Las grandes jornadas no fueron las cosas principales. Todas ellas, sin excepción, no hubieran  significado mucho sin el acompañamiento personal de los participantes. El conocimiento exacto de la situación de los participantes y el continuo contacto vital determinó la orientación de las jornadas, o mejor dicho, la elección de los temas y las formulaciones en particular. Aseguró asimismo su fecundidad y efectividad” (1955)

El anuncio se hace carne sobre todo en la propia vida del fundador. Este es el motivo más profundo de su gran autoridad moral. María, el alma de su alma, le regala mirada amplia para los grandes horizontes así como fuerza y tenacidad diaria para los pequeños pasos.La memoria agradecida de nuestro Padre y fundador es un llamado a nosotros. Con él estamos llamados a poner la mano en el pulso del tiempo y  a agudizar la mirada para todos sus múltiples desafíos

Este es ciertamente el mejor medio contra parálisis, rutina y un infecundo girar en torno a sí mismo. Que los grandes horizontes señalados por nuestro fundador despierten en nosotros creatividad y nuevo encendimiento. Los necesitamos en el camino hacia el 2014. Y en la  misma medida necesitamos coraje y tenacidad para los pequeños pasos exigidos por la realización de la misión. Imploremos hoy al fundador que permanezca con nosotros y nos acompañe en el camino. Amén.       

 Foto: P. Ángel L. Strada, postulador 


Un gran adiós para una gran Padre

septiembre 19, 2007
  

 

El Padre Kentenich murió el día de los Dolores de la Virgen María, un domingo. Fue todo un signo, un día de María y un día de Resurrección. Porque su muerte fue la coronación de una vida consagrada a María y su Misión,  una vida signada por la cruz.

Su vida terminó con una Eucaristía. Poco tiempo antes había dicho que moriría cerca del altar.  Esto fue signo de lo que muchas veces había predicado: que la Santa Misa debía ser el punto de partida, cumbre y culminación de nuestra vida cotidiana.

La Pascua del Padre Fundador aconteció en medio de los suyos, murió en familia, último signo de su carisma y mensaje: “Nos pertenecemos el uno al otro ahora y en la eternidad…entonces, permaneciendo el uno en el otro y con el otro, contemplaremos a nuestra querida Madre  y  a la Santísima Trinidad”.

A su entierro acudieron muchas personalidades. Reinaba un clima de oración y de profundo dolor.

Desde 24 naciones se congregaron sus hijos para darle el último  adiós y expresarle su gratitud y fidelidad.

La ceremonia comenzó junto al Santuario original, abajo, en el valle. En ese lugar, 54  años antes, el Padre Kentenich  había fundado  la Familia de Schoenstatt.

Se leyeron fragmentos del Acta de Fundación  y se lo despidió tañendo la campana del Santuario y entonando el “Cántico al Terruño”.

Luego, la larga  procesión  subió hacia la Iglesia de la Adoración.  Las novicias de las Hermanas de María acompañaban el ataúd,  cada una llevando una azucena blanca.  

Las campanas  de la Iglesia  doblaban para acoger definitivamente al Padre.

Alguien dijo: “Lo han sepultado como a un rey”.

En la misa de cuerpo presente  concelebraron unos 200 sacerdotes. Monseñor Tenhumberg dijo en su sermón:

Todo gran hombre es una carta de Dios para su época. La vida de nuestro Padre Fundador es nuestra carta de Dios…

“La herencia del Padre es nuestra Misión”.

Dirá Pablo VI

“Queridos hijos  y queridas hijas:

En la lápida sepulcral de un sacerdote y apóstol alemán, sumamente benemérito, se leen unas palabras que revelan su personalidad  y el rico mensaje de su vida: “DILEXIT ECCLESIAM – AMÓ A LA ILGESIA”.

Estas palabras  os dirigimos también a vosotros: ” Amad a la Iglesia”.

En estos tiempos agitados manteneos fieles al magisterio de la Iglesia y al sucesor de San Pedro,  y así  vuestra vida será también rica y se verá colmada”.

Textos extraídos del libro: “Todo un Padre”  del P.  José  M.  Neuenhofer Foto: Tumba del Fundador  (Alemania)