Navidad

diciembre 17, 2009

UN NACIMIENTO EXTRAÑO

Reflexión escrita por el Padre Nicolás Schwizer

 ¿Qué celebramos en Navidad?

Celebramos el nacimiento de un niño, pero no de un niño común, sino de un Niño que es Dios.

Ahora, si comparamos este nacimiento con otros nacimientos, por ejemplo con el de nuestros hijos, entonces notamos algunas cosas extrañas. Este niño nace en condiciones sorprendentes, desconcertantes y hasta chocantes ‑ ya que se trata del Hijo de Dios.

 1. Una primera condición extraña. Se da a conocer a los pastores.  Vino a la tierra. No previno a los grandes. No avisó a los poderosos. No hizo saber nada a los sacerdotes. Ha tirado por tierra a la jerarquía.

No hubo conferencia de prensa para anunciar al mundo un suceso de tal categoría. Y sin embargo tenía sumo interés de que alguien lo supiera. Alguien tenía derecho a ser el primero en conocer la noticia. Y manda sus mensajeros a unos pastores que acampan cerca de la ciudad guardando sus rebaños. Los pastores viven al margen de la sociedad y muchas veces también al margen de la religión. Son incultos, no conocen la ley, y por eso están destinados al infierno, según los fariseos. Y precisamente a estos “excomulgados” es a quienes Cristo envía sus ángeles para anunciarles su venida.

Es que Jesús quiere poner las cosas en claro desde el comienzo. Él ve todo al revés. A sus ojos, los grandes son los pequeños. Los últimos son los primeros. Los arrojados de la sociedad, sus clientes privilegiados. La Buena Nueva se comunica antes que a nadie y llega a pertenecer primero a aquellos que están “fuera”.

2. Una segunda circunstancia extraña. No es reconocido por los hombres.  Pensemos por ejemplo en los posaderos de Belén. Si hubieran sabido que Dios estaba allí, le habrían abierto la puerta, lo habrían acogido. Porque eran personas religiosas, como nosotros. Pero creyeron que se trataba de vagabundos, de refugiados de quién sabe dónde, un par de desconocidos.

Y no los quisieron recibir. Y nosotros, ¿los hubiéramos recibido? ¿Cómo creer que Dios podría presentársenos bajo esa forma?

3. Una tercera circunstancia extraña del nacimiento. Es Dios y nace en la miseria. Dios es totalmente distinto de cómo nos lo imaginamos; Dios es todo lo contrario al poder, a la majestad, a la autoridad, a la riqueza, a la fuerza que le hemos atribuido.  Pero Dios es totalmente semejante a los sencillos, a los pobres, a los que se sienten hermanos, a los misericordiosos, a los que aman, a los que tienen hambre de justicia.

 No es que Cristo no sea un hombre como nosotros, sino que es tan hombre, el único verdadero hombre: verdaderamente libre, sencillo, amante, fiel, disponible. La Buena Nueva que anuncia Navidad, consiste en eso.

Para asemejarnos a Dios, no tenemos que hacernos ricos, fuertes, solitarios o majestuosos. Nos basta con amar un poco más, con servir un poco más, con acercarnos más a los pobres, con luchar un poco más por la justicia. Podemos convertirnos en Cristo en seguida, en nuestra misma situación, en nuestro nivel social o cultural. Sin aguardar visiones o milagros, sino haciéndonos los últimos de todos y los servidores de todos.

Dios es pobre: pobre de todas esas cosas que ambicionamos, que buscamos, que pretendemos. Y no digamos que Dios se oculta o está ausente del mundo. Dios está extraordinariamente presente y visible: tan presente y tan visible ‑ o tan poco presente y tan poco visible como lo están, en nuestra vida, los pobres.  Si queremos encontrarnos con el verdadero Dios que en Navidad viene a nosotros, hemos de ir a encontrarnos con los pobres.

Y si entonces ese amor a los desdichados nace en nosotros, Dios se hace presente realmente en nuestro corazón. Esa es la Navidad que hemos de hacer. Esa es la Navidad verdadera en la que hemos de creer.

Somos responsables de que se haga esa Navidad en todas partes.

 Preguntas para la reflexión:  ¿Cómo vivo la Navidad?  ¿Soy capaz de ver al Niño Dios entre los pobres de nuestro tiempo?

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La Inmaculada, modelo del hombre nuevo

diciembre 1, 2009

Escribe Padre Nicolas Schwizer

Celebramos el próximo 08 de diciembre con toda la Iglesia una gran fiesta de la Santísima Virgen: su Inmaculada Concepción. Conocemos el misterio profundo de este día: Ella, como único ser humano, es concebida sin pecado original en el seno de su madre Ana. Entendemos que resulta un privilegio extraordinario que le es concedido para ser la Madre de Dios.

 Hoy en día, más que nunca, nuestro camino como cristianos cuesta mucho. Infidelidad, duda, desorientación e inseguridad, aun en medio de la Iglesia misma, dificultan nuestra vida cristiana. Precisamos más claridad y seguridad, buscamos una luz para poder orientarnos en la oscuridad de nuestro tiempo. Esta luz para nosotros es María. Ella es el modelo vital y la enseñanza intuitiva para la vida del cristiano, para la vida de todos nosotros.

 María, nuestro modelo vital. Se la destaca como reverso de Eva, como nueva Eva. Sabemos que Eva es compañera y ayudante de Adán en el pecado original, en la ruina del género humano. También María no es mero instrumento pasivo, sino compañera y ayudante de Cristo para la salvación del mundo. La desobediencia y la incredulidad de Eva son compensadas por la obediencia y la fe de María. Eva nos trajo la muerte, María nos trajo la vida.

 Así la Virgen inmaculada, la nueva Eva se nos revela como ser del paraíso. En este mundo del mal, Dios conserva la ideal original de pureza y santidad del paraíso en la persona de María. Concebida sin pecado, así entra la Sma Virgen en la vida e irradia una belleza propia del paraíso.

 La creatura, en la que la redención de Cristo se condensa en toda su plenitud, es la Sma Virgen. En Ella Dios puede documentar la perfección de su obra. María es la persona humana que más plenamente realiza el ideal del hombre nuevo cristiano.

 Por eso, el ángel Gabriel la saluda como “llena de gracia”. En verdad, toda su persona está saturada de la gracia.

 Ella nos señala, con su ser y su actuar, que toda perfección y redención viene de Dios, de Aquel que ha hecho en Ella maravillas.

 Cuando miramos así la imagen de la Inmaculada, se despiertan en nosotros muchos sentimientos, deseos y esperanzas. Resultan anhelos del paraíso perdido, es decir, de la armonía perfecta entre cuerpo y alma, entre instinto y espíritu.

 Todos los cristianos fuimos convertidos en hombres nuevos, el día de nuestro bautismo. En aquel momento, Dios nos infundió en el alma la vida divina de Cristo. Pero muchos bautizados vuelven a ser hombres viejos, porque – por el pecado – se cierran a esta vida.

 Lo que para la Inmaculada era un don, para nosotros es una lucha de toda la vida.

 Por eso, siempre de nuevo, todos nosotros somos llamados, a convertirnos en hombres nuevos, según la imagen de Cristo y de María. Todos nosotros somos invitados a acoger al Señor en nosotros como María. Todos nosotros podemos día a día, abrirnos a su voluntad Y cada vez que nosotros – en la imitación de la Virgen -, decimos de nuevo el “Hágase en mí según tu palabra”, el Verbo se hace más carne en nosotros. Y así nace y crece en nosotros el hombre nuevo, que tanto admiramos en María.

 La Sma Virgen es modelo del hombre nuevo, pero también, Madre y Educadora de hombres nuevos. Su seno, en el que Cristo se formó es el mejor molde para forjar hombres a imagen de Cristo

 Los padres de la Iglesia la llamaron no sólo creatura del paraíso, sino también la puerta del paraíso. Puerta al paraíso porque nos atrae y educa hacia ese ideal, y nos introduce en el paraíso.

 Preguntas para la reflexión 

  1. ¿María, es para mí un modelo?  2.      ¿Tengo alguna oración preferida a María?  3.      ¿Qué me dice el nombre Puerta del paraíso?

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Movimiento Apostólico de Schoenstatt Argentina

noviembre 12, 2009

  Buenos Aires, 28 de octubre de 2009

 Querida Familia de Schoenstatt:

Por medio de esta carta quiero informarles sobre las líneas programáticas y el lema del Movimiento de Schoenstatt para el año 2010 trabajado en la Jornada de Delegados que se realizó el 24 y 25 de octubre en Nuevo Schoenstatt.

 1-    Voces de Dios en el tiempo

Al “poner la mano el pulso del tiempo y el oído en el corazón de Dios” constatamos signos positivos y negativos como un urgente llamado de atención del Señor.

 Los signos negativos de nuestra realidad más destacados fueron:

  • La mentira (desprecio de la verdad) y la corrupción son la urdiembre donde se tejen otros males. Son alarmantes los niveles de corrupción en la vida pública y privada y “el mal del clientelismo político”[1] que carcomen a nuestra Patria.     
  • La pobreza creciente. En una Argentina, bendecida con recursos naturales y humanos, “la gran deuda de los argentinos es la deuda social. Podemos preguntarnos si estamos dispuestos a cambiar y a comprometernos para saldarla.”[2] En la “mesa de la gran familia argentina” faltan muchos hermanos que no tienen lugar, que son excluidos o simplemente no pueden llegar. El Papa Benedicto XVI, nos advirtió sobre la necesidad de “reducir el escándalo de la pobreza y la inequidad social” en la Patria.[3]  
  • Ambiente de confrontación y violencia. La población se ve afectada por la violencia y la inseguridad que se manifiestan de variadas maneras”[4] en activistas sociales, en la política, en las calles, las familias, el deporte, la TV, etc. Llama la atención la poca capacidad de diálogo y de sincera búsqueda de consensos; el camino elegido generalmente es la presión, coacción y la violencia.

 Hay también varios signos esperanzadores; algunos de los más nombrados fueron:

  • La valoración de la familia. La Familia sigue siendo para los argentinos el lugar de los vínculos y afectos fundamentales, de arraigo, identidad y pertenencia; seguro y amparo en momentos de crisis, y la primera escuela de valores.
  • Mayor conciencia de las responsabilidades cívicas y sociales, manifestado en una creciente participación en actividades cívico-sociales, (por ejemplo en las últimas elecciones legislativas) y en el compromiso por servir más para el bien del país de cara al Bicentenario.
  • Compromiso misionero y solidario de nuestra Familia de Schoenstatt y en la Iglesia en general. En la actualidad hay en Schoenstatt Argentina unos 7300 Misioneros de la Campaña, unos 650 jóvenes misioneros en las Misiones juveniles y unos 56 matrimonios misioneros de las Misiones familiares en distintas comunidades del país, más una gran cantidad de acciones sociales solidarias.

 2-      Respuesta de la Flia. de Schoenstatt en el año 2010

Escuchando estas voces de Dios en el alma de nuestra Familia, de la Iglesia y del tiempo, la respuesta de la Familia de Schoenstatt en el año del Bicentenario es concreta y decidida:

amar y comprometernos por la Patria como verdaderos ciudadanos.

Lo haremos acentuando los siguientes valores: 

  • Verdad /veracidad, frente a la mentira y la corrupción  
  • Unidad, frente a posiciones rupturitas, intolerantes y violentas.
  • Solidaridad, frente tendencias excluyentes y a la inmensa cantidad de excluidos.

 3-      ¿Cómo expresamos todo esto? 

La Iglesia y nuestro Padre Fundador nos enseñan que ante grandes dificultades pedimos ayuda a María, amparo y seguro auxilio de los cristianos, (nada sin Ti) y le ofrecemos toda nuestra colaboración (nada sin nosotros). Por eso en el año 2010 tendremos dos acciones concretas (en común a nivel nacional):

 a-   Coronación a la Sma Virgen  (Nada sin Ti)

el 8 de MAYO (Ntra. Sra. de Luján) en cada Fiesta Regional del Bicentenario         bajo el Título de: María, Madre y Reina de una Patria para todos.

En la “gran mesa familiar” que es Argentina, Dios quiere que no falte ninguno de sus hijos pues hay lugar para todos. María, como Madre, nos reúne y educa para la unidad y el diálogo, para una cultura de la Alianza. Esa es la Patria con rostro de Familia, es la Familia del Padre, es la Patria para todos.

 b-   Difundir el Pacto del Bicentenario     (Nada sin nosotros)

Celebrar los 200 años de la Patria significa para nosotros educar y promover actitudes de responsabilidad ciudadana acentuando el valor de la verdad, la unidad y la solidaridad, trabajar por recuperar una cultura del trabajo y la concordia social. Por eso nos proponemos difundir el Pacto del Bicentenario durante todo el año y en todos los ambientes con un marcado espíritu apostólico.

 4-      ¿Desde dónde haremos esta acción?

Desde los Santuario y Ermitas. Es allí donde nuestra Madre y Reina se ha manifestado como la Madre del Pueblo y allí quiere recibir, cobijar, educar y enviar a sus hijos para ser fermento de renovación religioso – moral de nuestra Patria.

 “Uno de los frutos que como dirigentes de la Familia debemos llevarnos de aquí debería ser: nos adherimos con ardor a Schönstatt, queremos construir un nuevo orden social. No es verdad que deseamos sentarnos en nuestro cuartito y rezar, ni que queremos encarnar en nuestras filas el benedictinismo y cultivar una vida silenciosa e interior. Ciertamente que lo queremos también, pero solamente para llegar a ser, en última instancia, conquistadores del nuevo mundo…y participar en la gran misión de la Sma. Virgen para el tiempo actual” (P. José Kentenich, Jornada de octubre 67)

 LEMA DEL AÑO 2010

¡CON MARÍA REINA,

CONSTRUYAMOS UNA PATRIA PARA TODOS!

Madre coronada


[1] Conf. Episcopal Argentina (CEA), “Hacia un bicentenario en Justicia y solidaridad”. nº 29

[2] CEA, “Hacia un Bicentenario…”, nº 5

[3] Benedicto XVI, mensaje 6 de agosto 2009, lanzamiento de la colecta nacional “Más por Menos”,

[4] CEA, “Hacia un Bicentenario…”, nº 29


La familia, comunidad de Alianza y amor

febrero 1, 2009
Padre Nicolas Schiwizer

Padre Nicolas Schwizer

 

Lo primero que podemos decir es: la familia es una comunidad de Alianza. Porque al inicio de la familia natural encontramos ya una Alianza, la Alianza matrimonial que sellaron los cónyuges el día de sus bodas.

El matrimonio es una Alianza de Amor ya naturalmente, por ser una comunidad de vida entre dos personas que quieren formar una comunidad permanente, integral. Pero lo es también por ser sacramento.

 

El sacramento del matrimonio quiere reflejar el amor que Cristo le tiene a la Iglesia, quiere simbolizar la Alianza de Amor entre Cristo y la Iglesia. Manifestar el amor de Cristo a través de la vida matrimonial: esta es una tarea difícil, un ideal sumamente elevado.

 

Esta Alianza matrimonial es el origen. Y cuando aparecen los hijos, esta Alianza se convierte en Alianza familiar. Toda Alianza tiende a crear comunidad, familia: La Alianza bautismal nos regala la Iglesia, familia de los hijos de Dios.

Y la Alianza matrimonial busca ampliarse en una familia. Ya no sólo el matrimonio, sino también los hijos van sumergiéndose orgánicamente en esa comunidad de amor, de una misma sangre. Es un dar y recibir mutuo, un pertenecerse y comprometerse creciente, un intercambio de amor y vida, entre marido y esposa, entre padres e hijos, entre hermanos.

 

Todos sabemos de la importancia de esta comunidad familiar. Porque la familia natural tiene un rol decisivo para el desarrollo sano de cada persona humana, tanto en lo físico, como en lo intelectual, espiritual y moral. Por otra parte, tiene también una importancia de primer orden en la forjación de una auténtica convivencia social. Porque la familia es la base y el modelo de toda comunidad humana. En ella, el hombre aprende a ser persona, aprende a vincularse con otros en forma personal.

El hombre necesita crear vínculos. Ellos representan su seguridad fundamental, su sentido, su alegría, su centro. Un niño, al nacer en su hogar, entra natural y orgánicamente en este mundo de vínculos que es su familia. En torno a estos vínculos fundamentales construye su mundo propio.

 

La Alianza de Amor en Schoenstatt incluye no sólo una vinculación original con la Sma. Virgen, sino también con todo el mundo que nos rodea. Así también la familia como comunidad de Alianza, significa toda una red de vínculos que envuelven a todos sus miembros, y que van creciendo y profundizándose a lo largo de los años.

 

La Familia, una comunidad de amor

 

Esta Alianza es una Alianza de Amor. Estos vínculos personales son vínculos de amor.

El amor es la fuerza secreta que mueve todo, que anima todo, que fecunda todo. Lo central de la familia es el amor; lo decisivo es el amor; el fundamento mismo de la familia es el amor.

 

Como respuesta a un mundo sin amor, nosotros queremos formar al interior de nuestras familias una comunidad nueva, una comunidad llena de amor. Y a través de nuestras familias queremos forjar a un hombre nuevo, un hombre movido por el amor. Y la responsabilidad es de cada uno personalmente. Si yo quiero que mi familia llegue a ser una comunidad de amor, entonces yo tengo que esforzarme para entregar amor, yo tengo que educarme para ello, yo tengo que dar el primer paso: yo, padre, madre, hijo, hija…

 

Escribe Padre Nicolás Schwizer

 

Preguntas para la reflexión

 

1.     ¿En qué puedo esforzarme por mejorar?

2.     ¿Qué pasos puedo dar para profundizar esa Alianza familiar en mi hogar?

3.     ¿Somos una familia mariana?

 

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Reflexiones

octubre 2, 2008
Padre Nicolas Schwizer
Padre Nicolas Schwizer

El Instrumento

 Escribe Padre Nicolas Schwizer

 

Dependencia de Dios. Creemos que la Virgen María es la Vencedora en todas las batallas. Pero, ¿cuál es el precio de sus victorias? Dice el Proto Evangelio: “Tú acecharás su talón” (Gen 3,15). ¿Qué significa esto? Interpreta el Padre Kentenich, fundador del Movimiento de Schoenstatt: “Esto quiere decir que vivimos en el orden de la cruz”. También la Virgen y el Señor vivieron en ese orden. No tenían el pecado original, pero asumieron una de sus consecuencias: el sufrimiento y la cruz.

 

Nosotros vivimos en el orden de la cruz: nuestro talón ha sido herido. Tenemos que contar con esto y tomarlo muy en serio. ¿Y cuál es la cruz más pesada para el hombre que aspira hacia lo alto? Es el peso de su propia naturaleza, la fragilidad humana. Frente a ello tenemos que hacer una sola cosa: decir que sí a nuestra pequeñez de todo corazón, aceptar nuestra debilidad con gran humildad. Este sí es el presupuesto más esencial para ser apto, para ser aceptado como instrumento. Nuestras debilidades son “como un trampolín para lanzarnos a los brazos de Dios” asegura el Padre Kentenich.

 

Es algo grande poder decir que Dios quiere emplearme como instrumento a pesar de que soy débil. ¡Y cuántas debilidades llevamos todos con nosotros! Debilidades corporales, espirituales, morales… Pero mayor aún es decir: Dios me quiere precisamente porque soy débil.

 

¿Por qué permite Dios nuestras debilidades, nuestras faltas? La verdadera piedad no consiste, de ninguna manera, en que no caigamos, en que no tengamos pecados. La verdadera piedad consiste en la dependencia de Dios, en la adhesión a Dios. Y la persona noble se siente tanto más dependiente cuanto más conoce su propia debilidad. Por eso, Dios permite la debilidad. Porque quiere que nos vinculemos a Él. Mi debilidad debe ser como una fuerza que me empuja hacia los brazos de Dios.

 

El título más valioso para tener derecho a recibir la misericordia de Dios, es el de mi miseria personal. Por eso el Padre Kentenich puede decir: “La pequeñez conocida y reconocida por el hombre, por el hijo, significa ‘impotencia’ del Padre y ‘omnipotencia’ del hombre”.

Es lo que expresa San Pablo con las palabras: “Cuando soy débil, soy fuerte”. (2 Cor 12,10).

 

La actitud de instrumento. El gran obstáculo para la actividad de Dios en el hombre y a través del hombre es y sigue siendo la enferma voluntad propia. El verdadero instrumento ha renunciado a ella, para estar solamente a disposición de Dios y de su obra. Allí donde Dios lo pone, está él con toda su persona y su fuerza y vive sólo para su tarea.

 

El Padre Kentenich solía contar en este contexto el ejemplo de un sacerdote de Colonia. Hizo pintar su ideal personal en la casa parroquial. El cuadro mostraba un burro, y sobre él a la Santísima Virgen con Cristo. Lo que quería decir con ello es: yo soy el burro sobre el cual pueden sentarse Cristo y la Virgen María. Y como el burrito, debo yo llevar a Cristo y a la Virgen por el mundo. Debemos cultivar en nosotros la consciencia de ser un burrito, de ser un instrumento predilecto en manos de la Virgen y de Dios.

 

Al llamarme a esta comunidad, a esta parroquia, Dios me ha elegido a ser colaborador suyo. Me ha elegido a ser instrumento en su mano y en la mano de María, para hacer a través de mí grandes cosas. Lo que importa no es entonces mi capacidad o mi pequeñez personal. Lo que importa es mi conciencia de instrumento, mi disponibilidad y obediencia a los deseos del Padre. Si me siento instrumento a través del cual Él está actuando, eso me da una gran seguridad frente a la vida y sus desafíos, y despierta una fuerza creadora extraordinaria. Y ese ha sido el secreto de los santos. Por eso, conciencia de instrumento o conciencia de ser el “burro” de la Virgen María y de Dios para sus planes.

 

Preguntas para la reflexión

 

1.      ¿Busco a Dios en mi apostolado?

2.      ¿Me siento un burro de la Sma. Virgen?

3.      ¿La figuración personal está presente en mis tareas?

 

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Reflexiones

septiembre 23, 2008

 

Padre rezando el rosario

Padre rezando el rosario

                                     

Arraigo en el Padre Fundador

 

               Escribe Padre Nicolás Schwizer, Instituto Padres de Schoenstatt

La  vivencia, la  relación  personal  con  el  Fundador  es  un  don.  Es  una gracia que  encierra  una  experiencia que  nadie  nos  puede dar  desde  afuera. Ha  de  hacerla cada  uno: encontrarse, vivir su  historia con  Él y  quererlo personalmente  en  la medida  que  experimente su cariño. Tarde o temprano, a cada schoenstattiano le llegará ese momento de gracia.¿Qué podemos hacer en concreto para que se nos dé esa gracia?   

¿Cómo  podemos abrirnos a  la gracia de un  profundo  arraigo en  el Padre Fundador?


1. Conocerlo. Es difícil, querer a  alguien a quien no conocemos bien.  El  primer paso es conocer al  Padre, interesarnos por  Él, abrirnos a su persona. A  muchos les  cuesta  leer y estudiar,  pero  es la  mejor forma para  conocerlo a  fondo, su persona, su  vida y  su obra. Si  queremos  acercarnos a Padre Fundador, hemos de hacer ese esfuerzo.
Así descubriremos que el sentido más  hondo de su vida era ser Padre. A lo largo de los  años podemos ver como creció y se desarrolló esa gracia de la paternidad que Dios le concedió.
Él sentía y decía que su ser padre fue el núcleo de su personalidad y misión. Dios nos dio  así un  Fundador cuyo  carisma  personal  fue el de irradiar ese rostro de padre. Dios Padre nos regaló un reflejo vivo de su propia paternidad.

Estudiando  la vida del Padre Kentenich, podremos  descubrir otro  rasgo esencial de su personalidad: frente a los hombres, Él era y quería ser siempre padre, pero frente  a Dios  se sentía siempre como  niño, como el niño más pequeño.
El  hombre maduro es  hijo y padre, es  como  un  puente  a través  del cual Dios quiere darse a nosotros. Ese  es el ideal que el  Padre  predicó y encarnó durante toda su larga vida.
2. Reconocerlo. Conocer y reconocer no es lo mismo: por ejemplo el diablo conoce a Dios, pero no la reconoce. ¿En qué sentido hemos de reconocerlo?

Como  Cabeza de la  Familia de  Schoenstatt.  Como tal  tiene  una  posición  de primacía dentro de la Familia.  Personalmente es el portador de una gran misión, misión que ha entregado a toda la Familia.  Pero  es  Él quien la recibió.  Por eso, tenemos que reconocerlo y aceptarlo como Cabeza, si queremos pertenecer a su Familia.

3. Seguirle. No  es suficiente sólo reconocerlo. Debemos identificarnos con  Él y con su obra. Su vida ejemplar lo autoriza para ser nuestro modelo. Porque  Él es la mejor encarnación  de lo que Schoenstatt  pretende: crear un  hombre nuevo, en una nueva comunidad. Hemos  de ser fieles a  su  espíritu, sus  principios, su misión. Sólo  así seremos  auténticos hijos  suyos que  puedan llevar adelante su obra.

4. Vincularnos.  El Padre, de su parte, quiere tomar contacto  con cada uno de nosotros, nos busca, nos invita a  acercarnos a  Él.  Debemos  recibirlo, darle  un lugar en  nuestra  vida, acogerlo en  nuestro  corazón.  Aceptarlo  como  nuestro padre, sentirnos hijos suyos. Así empezaremos  a compartir nuestra vida con  Él, así como la compartimos con María.
Entonces  vamos a empezar a dialogar con Él, contarle nuestras alegrías y penas,  luchas,  éxitos  y  fracasos.  Le  pediremos  consejo, ayuda. Vamos a  confiarle  y  rezarle,  por  ejemplo  la  novena… Y  entonces  vamos  a entregarnos también a Él, a su cuidado y protección paternal, a su mano conductora y educadora.

Y el fruto de toda esa vinculación creciente al  Padre, es  un  arraigo hondo en su corazón. Allí nos recibe a todos nosotros, nos hace sabernos y sentirnos sus hijos queridos, nos cobija en su amor paternal.  Y, por sobre todo, nos lleva al corazón de Dios, donde nos sentiremos acogidos y arraigados eternamente.
Preguntas para la reflexión

1. ¿Rezo la novena del Padre?
2. ¿Cuánto conozco de la vida del Padre Fundador?
3. ¿Es un modelo para mí

 

 

 


Reflexiones

septiembre 14, 2008

Autoridad y obediencia

 Escribe Padre Nicolás Schwizer

Un aspecto práctico en nuestro camino hacia Dios, lo constituye una correcta aplicación de la autoridad, un aspecto muy afectado por la crisis de Padre en el mundo de hoy, que ha provocado una crisis de autoridad en todos los ámbitos.

 

Conceptos errados de autoridad

 

Un privilegio. Para muchos la autoridad es simplemente un privilegio. Se tiene autoridad para provecho propio. Eso hace que muchos hagan todo lo posible por llegar al poder, porque a través de él pueden dominar a los demás y llenarse de bienes. Antes de llegar a él se puede prometer cualquier cosa; después se muestra el verdadero rostro olvidando las promesas. En el ámbito familiar se aplica el mismo estilo de autoridad: el padre de familia es un señor que tiene todos los derechos y privilegios y los demás miembros de la casa deben obedecerle. Este concepto ha sido, con certeza, el que más ha contribuido a desprestigiar la autoridad.

 

Una carga pesada. Para otros la autoridad es una carga pesada que se lleva de mala gana y ejerciendo una especie de labor policíaca: es preciso poner orden y controlar todas las cosas y personas. Todo debe pasar bajo su control personal. Fiscalizar, reprimir, ordenar y corregir parecen ser los términos que contiene la autoridad.

 

Un derecho de mandar. Muchos confunden lisa y llanamente autoridad con potestad, es decir, con el derecho a disponer de alguien. Pareciera como si la autoridad se confundiera con el poder de mando. La mayoría piensa que tiene más autoridad el que más puede mandar.

El término autoridad evoca dos cosas a la mentalidad actual: mandar y obedecer. La autoridad aparece como una limitación de la libertad y por eso se ha hecho odiosa en nuestra época orientada hacia la liberación.

 

Concepto evangélico de autoridad: El servicio

Jesucristo plantea el asunto de una manera diametralmente opuesta. Nos dice: “Los que gobiernan las naciones las dominan y se hacen llamar benefactores. Uds. no deben ser así… El que quiera ser el primero que se haga el último”.

Nos muestra su ejemplo diciendo que él no vino “a ser servido sino a servir”. Esto significa que sitúa la autoridad en el plano del servicio. Existe una flagrante contradicción entre el concepto evangélico de autoridad y el concepto que reina en nuestro tiempo.

 

Etimológicamente, autoridad viene del verbo del latín “augere”, que significa hacer crecer, aumentar, hacer nacer, dar origen. De ahí viene “auctor esse”, que significa aquel que genera la vida en cada uno. Ya en su origen el término autoridad se define por el servicio a la vida.

 

Libertad y obediencia. Una comunidad no puede ser fecunda sin espíritu de obediencia. Se trata de ver a Dios detrás de toda autoridad humana legítima. Quiere decir, me inclino no ante la autoridad de un hombre, sino ante la autoridad de Dios que se manifiesta en él. Por eso, obediencia por amor a Dios. “Obediencia motivada por amor nos hace libres”, asegura el Padre Kentenich. Y cuanto más avanzamos por este camino, tanto más libres hemos de sentimos interiormente.

Obediencia es la gran señal de amor. El amor prueba su autenticidad en la obediencia. Es fundamentalmente fusión del yo con un tú. Pero la prueba de que esa fusión no es algo sentimental es que se exprese en mi deseo de fundirme con la voluntad de él. Es la gran prueba de amor de los hijos. Es la actitud fundamental de Cristo: “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre” (Jn 4,34). Es también la actitud fundamental de la Virgen María: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). La obediencia, actitud clave de Cristo y de María, es también la actitud clave de todo cristiano.

 

Preguntas para la reflexión

 

1.     ¿Me es fácil obedecer?

2.     ¿Cómo actúo cuando tengo autoridad?

3.     ¿De qué manera podemos ser diferentes?

 

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