Corazón Inmaculado de María

julio 2, 2010

Sábado despues del Sagrado Corazón

El Corazón de la Madre es en todo semejante al Corazón del Hijo. También la Bienaventurada Virgen es para la Iglesia una presencia de paz y de reconciliación: ¿No es Ella quien, por medio del Ángel Gabriel, recibió el mayor mensaje de reconciliación y de paz que Dios haya jamás enviado al género humano (Lc. 1,26-38)?

María dio a luz a Aquel que es nuestra reconciliación; Ella estaba al pie de la Cruz cuando, en la Sangre del Hijo,  Dios reconcilió “con Él todas las cosas” (Col 1,20); ahora, glorificada en el Cielo, tiene -como recuerda una plegaria litúrgica- “un corazón lleno de misericordia hacia los pecadores, que, volviendo la mirada a su caridad materna, en Ella se refugian e imploran el perdón de Dios…”  (Juan Pablo II. Ángelus. Domingo 3 de septiembre de 1989).

Acepta que te proclamemos
Reina del Universo;
encéndenos en un ardiente amor por tí;
haz que inflamemos al mundo entero en tu servicio,
para que todos los pueblos
encuentren  el camino seguro hacia la Patria.
Tú santo corazon es para  el mundo
el refugio de paz, el signo de elección
y la puerta  del cielo. Amén
H. el Padre (541)
P. José Kentenich
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Visitación de la Santísima Virgen María

junio 3, 2010
Medianera de los dones y de las gracias,
ven; El señor y tú sean los invitados;
ata estrechamente el vinculo familiar
entre corazón y corazón, entre país y país.
P. José Kentenich (Hacia el Padre  563)

  

“En aquellos días María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entro en la casa de Zacarías y saludo a Isabel” (LC 39-40).  Con estas palabras comienza a relatar Lucas la Visitación. En ellas denota la prontitud de María por llegar hasta su prima para contemplar el inmenso milagro de su maternidad y ponerse a su servicio.

Con el sencillo saludo estalla una profunda onda de gozo que estremece a ambas mujeres: Isabel se siente honrada y conmovida por la visita de la “Madre de su Señor” y María canta de alegría el Magnificat.  Ambas proclaman de diversa manera la inmensa sorpresa y alegría que les trae el haber sido “visitadas” por el Señor.  Mientras Isabel anuncia la maternidad única de María como Madre del Mesías, María destaca la visita del Señor a su vida, para cumplir y superar todas las promesas que hizo Dios en el Antiguo Testamento.

“¡Feliz de ti por haber creído!” (LC 1, 45).  La verdadera fe inunda los corazones de alegría. Esta alegría la hemos encontrado muchos junto a la Sma. Virgen, la “Mater laetitiae” (Madre de la alegría) como la invocan las letanías.

 El amor a María no es sólo algo tradicional, sino siempre “actual”. Esto significa que desde  que nos levantamos    hasta que nos acostamos queremos vivir en la presencia de María, amar con el corazón de María, trabajar con Ella en medio de nuestros barrios, perdonar como Ella lo hacía,  rezar con Ella en cada hora, servir como lo hizo Ella hasta no dar más.     

Texto     extraído  de la Carta  a los misioneros  del  mes de Junio  escrita por el Padre Juan José Riba (Asesor Nacional de la Campaña del Santo Rosario).        

Foto tomada de la pagina web Catolicos.org.                       

                                                                                    


Celebración de la Inmaculada Concepción

diciembre 8, 2009

Su Santidad Benedicto XVI

El Santo Padre pronunció estas palabras con motivo de la festividad de la Inmaculada Concepción de María, hoy  en la Plaza de San Pedro:

“Cada vez que experimentamos nuestra fragilidad y la sugestión del mal, podemos dirigirnos a Ella, la Virgen, y nuestro corazón recibe luz y confort”…

Añadió que “también en las pruebas de la vida, en las tempestades que hacen vacilar la fe y la esperanza, pensemos que somos hijos suyos y que las raíces de nuestra existencia se sumergen en la infinita gracia de Dios”.

“La misma Iglesia, a pesar de estar expuesta a las influencias negativas del mundo, encuentra siempre en Ella la estrella para orientarse y seguir el camino marcado por Cristo. María es, de hecho, la madre de la Iglesia, como han proclamado solemnemente el papa Pablo VI y el Concilio Vaticano II”.

El Pontífice instó a los fieles presentes, “a que confiaran a la Virgen Inmaculada sus personas, sus familias, sus comunidades, toda la Iglesia y el mundo entero”.

“La Purísima, como es denominada la Virgen en la liturgia de este día, fue preservada de toda mancha de pecado para ser digna morada del Cordero Inocente, abogada de gracia y ejemplo de santidad”, comentó el Papa y agrego:

 “Que el Señor nos conceda el don, por intercesión de la ‘llena de gracia’, de purificarnos interiormente en este tiempo de adviento, para acoger con prontitud la venida de Cristo a nuestras vidas”.

 

 


8 de diciembre

diciembre 8, 2009

                                            

Imagen Inmaculada Concepcion (Villa Ballester)

Imagen Inmaculada Concepción (Villa Ballester)

     Virgen Inmaculada,   

allí tu oración anhelante
urge la aurora de salvación
allí es donde el arcángel Gabriel
solicita tu respuesta
y donde, por tu Sí, se alumbra el mundo.
 
Te veo renovar en silencio tu Sí
y veo tu luz
penetrar la noche desde Schoenstatt,
pues el favor de Dios infinitamente sabio
lo escogió como faro luminoso
para el mundo de hoy.
 
Concédeme ser fiel
al igual que tú
librar combate contra el enemigo
estar como instrumento disponible todo para ti,
consagrar alegremente
mi vida a la Misión.
 
El universo entero
con gozo glorifique al Padre,
le tribute honra y alabanza
por Cristo, con María
en el Espíritu Santo,
ahora y por los siglos de los siglos.  Amen       
Texto: Hacia el Padre 181-185  Padre José Kentenich

 

 


Mes de María

diciembre 7, 2009

8 de diciembre (Fiesta de la Inmaculada Concepción)

Estamos acostumbrados a comprender nuestro santuario como el lugar en que la Santísima Virgen realiza para nuestro tiempo lo mismo que hizo cuando estaba aún sobre la tierra, en los distintos lugares en los que estuvo y actuó. ¿Dónde estuvo María durante su vida en la tierra, dónde actuó? Sólo es preciso que mencionemos uno u otro de los lugares: pensamos, por ejemplo, en Nazaret, pensamos en Belén, pensamos en el Gólgota, pensamos en el Cenáculo, el recinto de la Última Cena.

La Familia de Schoenstatt tiene un “Oficio” (Liturgia de las horas) propio: lo llama “Oficio de Schoenstatt”. En él están representadas todas las Horas canónicas de oración. Cada tres horas se dispone de una oración que nos transporta a uno de los lugares históricos en los que María actuó cuando estaba aún en la tierra. Así, las Horas dicen, una y otra vez: Tu santuario es nuestro Nazaret, es nuestro Belén, es nuestro Gólgota, es nuestro Cenáculo. Con ello se quiere decir a María: Virgen Santísima, lo que realizaste antes, en Nazaret, en Belén, en el Gólgota, en el Cenáculo, quieres realizarlo hoy para el tiempo actual desde este lugar.

De esta peculiar manera se completa cada vez más nuestra imagen de María. ¿Cómo vemos a la Santísima Virgen aquí, en nuestro santuario? Del mismo modo como la representa y pinta la Sagrada Escritura.

El Niño en sus brazos. ¿Qué nos recuerda la imagen del Niño en sus brazos? Nos recuerda Belén. “Tu santuario es nuestro Belén”. Reflexionamos y recordamos que, en virtud de la alianza de amor, María nos regala sus dones. Intercambio de dones: así hemos denominado la alianza de amor. ¿Qué nos regala ella, entonces, aquí, en este santuario? Nos regala al Niño que lleva en sus brazos. ¡Y cuán a menudo nos lo ha regalado! ¡Cuán a menudo nos lo ha regalado en la sagrada comunión! ¿Cuántas veces nos ha regalado al Niño? Tantas cuantas hemos descubierto en nuestros semejantes el rostro de Cristo.

Continuemos. ¿Cómo es la imagen de María? Nuestra imagen de María se yergue ante nosotros con el Ave del ángel en el oído. Nuevamente, un lugar histórico: Nazaret. Allí, el ángel dice: ¡Alégrate! Ave, gratia plena! (¡Alégrate, llena de gracia!) ¿Y qué hace María aquí, en nuestro santuario? Ella nos pone ese Ave en los labios. ¡Cuán a menudo hemos saludado a María del mismo modo como la saludó el ángel!

Después, vemos a la Santísima Virgen con el Magnificat en los labios. ¿Dónde cantó ella el Magnificat? En casa de Zacarías. ¡Con cuánta fecuencia nos ha colocado ella aquí el Magnificat en los labios, de tal modo que no nos hemos cansado de cantarlo!

Continuemos, ¿cómo se muestra la Santísima Virgen ante nosotros aquí? Con la espada de siete filos en el corazón. Tu santuario es nuestro Gólgota. ¡Cuántas veces nos ha clavado María, desde este lugar, la espada en nuestro propio corazón, a fin de que tengamos verdadera alegría en el sacrificio, verdadero amor al sufrimiento!

Pero con ello todavía no hemos delineado suficientemente la imagen de María: también vemos ante nosotros a la bendita entre las mujeres con las lenguas de fuego sobre la cabeza. (Milwakee, Junio 1956)

 7 de diciembre

Compañera de Cristo en su gloria. María sigue siendo la Compañera de Cristo en su gloria. Ella es la Compañera de Cristo que resucita y asciende a los cielos, que intercede por nosotros y reina en el cielo. María es la que participa de la gloria pascual del Resucitado. La imaginación piadosa piensa que el primer desplazamiento y el primer saludo del Resucitado fueron dedicados a su Madre, quien fue la única que nunca dudó en su fe en él, que nunca vaciló en su fidelidad a él, incluso cuando hasta la misma roca de la Iglesia era sacudida. Nosotros participamos de todo corazón en la alegría pascual de María.

Y después, ella debe participar de su gloria celestial. Debe morir pero su muerte no será una dolorosa destrucción, sino el amoroso apagarse de una candela que se consume en el fuego del amor. Su cuerpo virginal no será botín de la muerte y de la tumba. La omnipotencia de Cristo resucitó su cuerpo para la vida eterna; ella ha sido asumida en cuerpo y alma en la gloria del Señor.

Desde ese momento, María reina a la derecha de Cristo en la gloria del cielo, para interceder por todos nosotros. Él “está sentado a la derecha del Padre”. María es y sigue siendo consors Christi por todo el tiempo y la eternidad. (Milwaukee, 1954)

6 de diciembre

El que quiera comprender aquí correctamente la posición de María como Compañera de Cristo ha de considerar lo siguiente:

1. En los tres años de su actividad pública de enseñanza, Cristo es, en primer lugar, el heraldo de la verdad eterna ante quien debe inclinarse todo. En su tiempo de pasión, él calla para ofrecerse, a partir de ese momento, por todos nosotros como Salvador del mundo.

2. María, como representante de toda la humanidad y como consecuencia de su misión en la encarnación, debe ofrecer a Cristo lo que todos nosotros deberíamos y, por lo menos en cierta medida, podríamos también haberle ofrecido: silenciosa obediencia de fe, como también participación en el sacrificio salvífico de la nueva Cabeza de la humanidad. Lamentablemente, los miembros del pueblo escogido a tal efecto no lo hicieron. La única que cumplió lo que era deber y obligación de todos nosotros fue María. Por eso, María está en la vida pública de Jesús como debiéramos haber estado todos nosotros: callando, escuchando y obedeciendo.

3. Llegan ahora los días oscuros y difíciles de la semana santa. El Salvador del mundo se prepara para ir al sacrificio por todos nosotros. Allí, María sale del ocultamiento en que se encontraba hasta ese momento a fin de ascender con él, como Compañera en el sacrificio, al monte Calvario y unirse, e incorporarse como nueva Eva, a la entrega sacrificial de Cristo. Su corazón virginal y maternal, en su sufrir con él, es como un precioso cáliz sacrificial que recoge las gotas de la sangre del Salvador del mundo por todos nosotros.

 5  de diciembre

María es la Compañera de Cristo durante su caminar por la tierra, desde la Encarnación hasta su sepultura. Ella está siempre presente. En el silencio orante de Nazaret, pronuncia su Sí receptivo que será el comienzo de la salvación. Santo Tomás declara al respecto: “En la Anunciación, Dios aguarda la aceptación de la Virgen como expresión de la voluntad de aceptación de toda la humanidad”. Y a partir de entonces, María queda unida de manera inseparable a Cristo para siempre. Rica en fruto precioso, ella lleva, como Theophora (portadora de Dios), al Jesucristo a través de las montañas de Judea hacia su pariente Isabel. Al entrar, llega con ella la bendición de Cristo: la mujer, que llevó el oprobio de Eva, queda llena del Espíritu Santo. El hijo que lleva en su seno recibe participación en la salvación, y el varón recupera su voz, comienza a orar y es nuevamente un profeta de Dios. Pocos meses después, la Madre lleva al Señor hacia Belén: en efecto, el mundo entero debe recibir el más digno Bien. Y después vienen los pastores y los sabios del lejano oriente: ellos encuentran al Niño en brazos de su Madre, le ofrecen sus dones entregándoselos a su Madre. En brazos de María, el Salvador del mundo ofrece en el templo el sacrificio matutino de su vida. En Simeón y Ana se acerca la más noble piedad y la más pura expectativa del Mesías de la antigua alianza, para encontrar en brazos de María la salvación del mundo, la luz de los pueblos y el consuelo de Israel. Siguen los años en Egipto y después en Nazaret, y la maravillosa comunidad de casa y mesa de Jesús con su Madre. (Milwaukee, 1954).

 Nota: Reflexión elaborada por los Padres de Schoenstatt de Córdoba, Argentina.

 “Con Maria Reina, construyamos una Patria para todos”


Mes de María

diciembre 2, 2009

4 de diciembre

No existe en los planes del Dios eterno imagen alguna de María que esté separada de Cristo; sólo por él y a través suyo ha sido decidida. Pero del mismo modo tampoco hay en los designios de la eternidad ninguna imagen de Cristo separado de María. Quien separa a Cristo de María se construye una imagen de Cristo según su propio arbitrio. A éste le dirá la Iglesia: “ciertamente, Dios podría habernos dado por otro camino distinto a la Virgen al Redentor del género humano y Fundador de nuestra fe. Sin embargo, en cuanto la Providencia del Dios eterno decidió que tuviésemos al Dios hecho hombre a través de María, quien, fecundada por obra del Espíritu Santo, lo llevó en su seno, no nos queda más que recibir a Cristo de manos de María.

El arte cristiano da cuenta de esta realidad, tanto en forma consciente como instintiva. La inmensa mayoría de las imágenes de María son imágenes de Cristo. Éstas presentan a la Madre con su Hijo divino, o bien a la Madre de los dolores con el Salvador del mundo inmolado sobre el altar vivo del sacrificio que es su regazo materno. Sobre las imágenes de la Inmaculada resplandece la gloria del Señor, en virtud de quien ella quedó intacta de toda mancha del pecado original. Es Cristo quien, en su Asunción, la lleva a casa, a su gloria celestial. Todas estas imágenes corresponden al prototipo divino: Dios no pensó, ni vio, ni quiso nunca a María de otra manera sino en la más íntima e inseparable comunión con Cristo.

3 de diciembre

La Santísima Virgen es el milagro de los milagros, el misterio de los misterios. Y ella nos ha sido regalada en Schoenstatt como el “tesoro escondido en el campo” (Mt 13, 44). ¡Cuán insensibles nos hemos tornado ante lo sobrenatural! Por esa razón, yo quisiera con san Bernardo estremecerme al descubrir este misterio. Pero quisiera pedir también a la Santísima Virgen: ¡ayúdame tú! Quisiera pedirle que nos visite, como visitó a Isabel. Isabel queda llena del Espíritu Santo y comienza a proclamar la grandeza de María: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno” (Lc 1, 42). (Schoenstatt, septiembre 1941)

Ella es, en verdad, la Compañera del Rey de todos los mundos: Compañera de Cristo. Elegimos conscientemente la expresión “consors” (compañera) porque se aplican de buen grado y a menudo a María en los documentos de la Iglesia. A nosotros se nos ha dado ser partícipes de la naturaleza divina; así describe San Pedro el estado de gracia del cristiano (2P 1, 4). Y San Pablo ve en nuestra participación en los sufrimientos de Cristo el fundamento de nuestra esperanza. La vida cristiana es, estrictamente hablando, en su esencia más íntima, un “consortium cum Christo”, una comunidad de destinos con Cristo. Nunca, empero, esta esencia del cristianismo se realizó de manera tan perfecta como en María. (Milwaukee, 1954)

2 de diciembre

Nosotros conocemos una formulación parcial y una formulación integral de nuestro Ideal Personal. La formulación pequeña acierta en algo correcto, pero no en el núcleo, como lo hace la formulación integral.

María es la “segunda Eva”. Indudablemente, un bello pensamiento, también perfilado y de precisa delimitación científica. No podremos eludirlo si queremos traducir lo que constituye la esencia de la persona de María. María es “la Esposa del Señor por su divina maternidad, o la Madre del Señor por su esponsalicio ante Dios”. Esto es lo que se traduce mediante “Madre esponsal de Dios” o “Esposa maternal de Dios”. Para expresar estas ideas se ha acuñado recientemente la expresión “maternidad divina”.¿Acaso no puede encontrarse una “fórmula integral”?

Intentemos una respuesta de parte nuestra. Es audaz. Escuchémosla pacientemente. El carácter personal sobrenatural de la Santísima Virgen consiste en que se la llama y se la puede llamar como la singularmente digna Compañera y Colaboradora esponsal permanente de Cristo, Cabeza de toda la creación en toda su obra de salvación.

Se podría realizar una prueba y plantear la pregunta: ¿dónde, en qué palabras queda expresado el privilegio de la virginidad, el de la maternidad divina, el de la concepción inmaculada, el de la impecabilidad? Todos estos privilegios son claramente inherentes en ella. Por supuesto, esta formulación se ha elegido para destacar con mayor énfasis lo desconocido, lo discutido en la mariología. (Schoenstatt, septiembre 1941)

1 de diciembre

¡Cuántas cosas incomprensibles sobrellevó María en su vida!  La fe presupone oscuridad, y sin oscuridad, difícilmente puede existir la fe.  Al observar más detalladamente la vida de María Santísima encontrarán tres características en su fe:    1)   Su fe era extraordinariamente grande.  2)  Su fe fue duramente probada.   3)   Su fe era sumamente viva.   En primer lugar, su fe era extraordinariamente grande. Tienen que detenerse a observar la escena de la Anunciación (Lc 1, 26-38). Dios exige el acto de fe más difícil.  Ella debe creer en la Santísima Trinidad:  en la Anunciación se afirma, “el Espíritu Santo vendrá sobre ti.  El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.  Por ello, el que habrá de nacer de ti será llamado Hijo del Altísimo”. Y la Virgen dice: hágase.  Cree en ello. Un acto de fe particularmente difícil: ella debe creer que será, al mismo tiempo, madre y virgen.  Nosotros consideramos todo esto como muy evidente en la vida de María, pero era algo de extraordinaria magnitud.  Tal vez se comprende mejor el significado de lo que dice Isabel: ¡Bienaventurada, feliz, la que ha creído! (Lc 1, 45).  La fe de la Santísima Virgen fue duramente probada.  Todo lo que se le profetizó a María parece no cumplirse: más bien parece realizarse lo contrario, día a día, año a año. Por ejemplo, la promesa: “su reino no tendrá fin” (Lc 1, 33). ¿Dónde nace él? En el establo, ¡y su reino no tendrá fin! Por tanto, es exactamente lo contrario. Inmediatamente después, la matanza de los inocentes, ¡su reino no tendrá fin! ¿Se dan cuenta de que se trata de pruebas? Aún esto no basta. Ahora debe huir a otro país, ¡y su reino no tendrá fin! (Milwaukee, junio 1956). 

Nota: Reflexión elaborada por los Padres de Schoenstatt de Córdoba, Argentina.

 “Con Maria Reina, construyamos una Patria para todos”


Mes de María

noviembre 29, 2009

30 de noviembre

 Tenemos una imagen errónea de la vida de fe de la Santísima Virgen. Es probable que nos imaginemos que María vivió en una copiosa abundancia de calidez interior, que en su vida no hubo dificultades para el entendimiento y que las hubo pocas para el corazón. Tal concepción es la que encontramos en muchas obras de literatura mariana. Se supone que hay que imaginarse a la Virgen, por ejemplo, cuando huyó a Egipto, acompañada de angelitos dando volteretas. Uno tras otro se habrían sucedido los angelitos para reemplazar al burrito en que María y Jesús iban montados. Siempre pensamos, por lo tanto, que la vida de María no tuvo la sobriedad de nuestra vida habitual y cotidiana, y que ella no debió pasar por la oscuridad de la fe.

¡Oh, hubo tantas cosas incomprensibles en la vida de María, que también ella tuvo que practicar el heroísmo de la fe! Piensen en el Señor, cuando se escapó de su Madre. (Lc 2, 41-52). María no comprendió en absoluto cómo Jesús podía hacer semejante cosa. Sorprendida le dice: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando”. El Señor le dice: “Y ¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” Ellos no entendieron lo que él decía. María conservaba todas estas cosas en su corazón: ella repasaba una y otra vez el acontecimiento a fin de entender cómo Dios podía hacer algo semejante…

29 de noviembre

El tercer rasgo: el Niño en los brazos (véase Lc 2, 6s.22-27). ¿Qué nos dice esta imagen? es la que da a luz a Cristo, la que nos trae a Cristo y la Servidora de Cristo: tres características. Ella no realiza esta triple actividad en una u otra oportunidad, de manera ocasional a lo largo de su vida sino que se trata de su ministerio. También hoy ella es, y quiere que se la conozca y reconozca como tal, la que da a luz a Cristo. Así lo hemos vivido, por ejemplo, en Navidad. La que nos trae a Cristo: ¡cuán pronto se apresuró a ir a través de la montaña una vez que había pronunciado su fiat y que se había hecho realidad el gran misterio! Quería llevar a Cristo a su prima Isabel y a Zacarías. Servidora de Cristo; ella misma se caracterizó de esa manera. Su Ideal Personal rezaba: He aquí la esclava del Señor. ¿De qué manera sirvió al Señor?: Podemos pensar en los tres sabios de oriente, o en el primer milagro que obró Jesús a instancias suyas. Quería servirlo a él y a su misión. Y así se afirma explícitamente: “y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2, 1). Servidora de Cristo.

Aun allí donde se la recibe a ella misma, nunca está separada de él, siempre lleva al Señor en su corazón, en sus brazos. Este es su ministerio, Servidora de Cristo. Ella gira en torno a Cristo. No puede hacer otra cosa. Todo su ser está ordenado hacia Cristo. Ésta es la imagen bíblica de María.

La espada en el corazón (véase Lc 2, 35.41-50; Jn 19, 25ss). ¿Qué dolor es el que se caracteriza aquí? Es el dolor esencialmente femenino, dolor del alma, o bien más exactamente, compasión del alma. ¿Y cómo se mide la compasión del alma? Con la medida del amor. (Milwaukee, enero 1965).

 Nota: Reflexión elaborada por los Padres de Schoenstatt de Córdoba, Argentina.

 “Con Maria Reina, construyamos una Patria para todos”